martes 2 de febrero de 2010

ANDIRA WATSON/ENTREVISTA



¿Poesía Animal o Poesía Vegetal?

Mi poesía es demasiado “sintiente” para ser vegetal



ANDIRA WATSON es la autora ganadora del Premio único del VII Concurso Nacional de Poesía Mariana Sansón 2009 impulsado por ANIDE y auspiciado por HIVOS. En casa de Ana los árboles no tienen culpa es el título del poemario merecedor de tal reconocimiento. A continuación presentamos con mucho cariño una breve entrevista que le hicimos.

MCPC: ¿A qué alude “la culpa” con la que carga la voz poética de Andira Watson?

Alude a ese sentimiento que acompaña de por vida a una persona abusada y que la memoria nunca borra del todo porque hay lugares, olores, personas inclusive, que te lo recuerdan. Ese es el caso de Ana. Sin embargo ella sabe que la culpa no es de los lugares, ni de los objetos, ni de los rostros parecidos, si no de una persona concreta que la mayoría de las veces queda impune y protegida más que nada por el silencio y la vergüenza de la víctima.

MCPC: ¿Quién es Ana? ¿Es la parte lúdica de Andira? ¿Es solo una voz poética distanciada de la autora?

Ana es una niña de 8 años, un personaje. Un alguien que a pesar de haber crecido vive un solitario diálogo con el dolor que la recibe a esa edad en su primer contacto con la vida real -muy a su pesar-. Pero también es una voz poética distanciada, un recurso para hablar de un tema tan delicado y por eso mismo es también una voz que quiere hermanarse en la denuncia con algún conocimiento de causa.

MCPC: ¿Cómo justificarías—si tuvieras que hacerlo—la presencia simbólica de los árboles en tu poesía? ¿Qué hay detrás de los árboles?

Los árboles son el origen de mi nombre y me siento muy atraída hacia ellos por una especie de afán de autoconocimiento, de búsqueda de identidad. Detrás de ellos están esas búsquedas, y las reflexiones a que me mueven.

En el caso de Ana, los árboles son el lugar donde le ocurre su tragedia. En mi caso, un árbol es también una metáfora de lo vital y del arraigo que anhelo como persona. La vida es demasiado efímera.

MCPC: Como podemos ver tu poesía está cargada de erotismo, pero también se puede percibir que lo sexual es un ente que ejerce violencia sobre el cuerpo femenino. Por ejemplo, estos versos extraídos al azar:

A los 8 años
Ana le perdió el respeto al cebollero abuelo de sus amigos
Su silencio costó 20 pesos
y un temor de por vida a jugar entre los árboles

***
Inocente sueño la perfora como daga
***
Ana siente culpa
Cumplió 21 años pero nunca duerme fuera de casa
Cuando ama enmudece...
Y si tiene sexo se queda toda la noche
buscando luz en la ventana
***
Apoya la pierna en una pared y es penetrada hasta los dientes por cualquier desconocido, quien también se la bebe de golpe. La muele a palos. Se la fuma y le pone hijos.

***
No. No me sentí briosa en tus brazos.
Ni suelta, ni enajenada del mundo
sino cruda, despierta,
doliente,
carne entre tus huesos.

¿Podrías reflexionar un poco sobre esta observación?

Es la piel de la mujer promedio en Nicaragua. Me atrevo a decirlo así, porque esa es mi percepción cuando escucho a otras mujeres o abrís los diarios y ves que 8 de cada 10 mujeres han sido abusadas. Que la violencia sexual, el abuso verbal y físico son el pan que el diablo amasó y que lo comemos todos los días. Eso es algo que me duele profundamente y siento el deber de decirlo con todas sus letras a través de la poesía.

MCPC: En tus títulos incluyes nombres alusivos a distintas técnicas de las artes plásticas ¿Cuál es la conexión entre la práctica plástica y la práctica literaria?

Son hermanas gemelas. La una pinta con colores, la otra con letras.

MCPC: Si tuvieras que asociar tu poesía a uno de estos nombres: Poesía Animal o Poesía Vegetal ¿A cuál la asociarías y por qué?

Mi poesía es demasiado “sintiente” para ser vegetal. El dolor, el deseo, son algo demasiado animal. Ojalá fuera vegetal…Tal vez así sería más mística. Menos terrena.

MCPC: ¿Hay algo que quieres que se perciba en tu poesía que temes que no sea visto?

Más bien temo que descubran demasiado… (Con una sonrisa encantadora).

MCPC: Andira, mi agradecimiento por tus respuestas.

miércoles 15 de julio de 2009

CUANDO EL DOLOR ES OBVIO Y LA MADRE ESTÁ PRESENTE

Conozco un dolor muy grande
Uno que abre y revienta por dentro
Uno que mancha de rojo y humedad la piel de mi cara
Uno que calienta y agita con fuerza el interior de mi carne
Uno que me hace decir cosas que no quiero en voz muy alta
(O sí, sí quiero pero no quiero que lo sepan.)

Conozco un dolor que se asoma desde el décimo piso
De un edificio del último mundo
De una ciudad cualquiera en este planeta.
Mi mundo, mi ciudad diminuta.

Mi dolor es todo y no es nada
Pero no es prestado. Es auténtico.
Lo sufro, lo soporto y ruego que pase
Espero a mi madre
Quiero que llegue y que me diga mientras me acaricia
Como si yo fuera un animal herido:
—Ya pasó, María. Todo va a estar bien, María. El dolor pasa, María.

Es que la debilidad de mi madre es el amor a los animales.

miércoles 1 de julio de 2009

NARRATIVA DE MARIA DEL CARMEN PEREZ CUADRA

El microchip

I see the girls walk by dressed in their summer clothes

I have to turn my head until my darkness goes

Rolling Stone

En el aeropuerto de aquí las cosas no estaban bien. Hicimos demasiadas filas y los guardas de seguridad nos registraban más detenidamente a medida que nos acercábamos a nuestro destino final. En el aeropuerto internacional de Miami nos recibieron unos policías con acento árabe y me despojaron de mis pinzas para depilar y de una para cortarme los callos «Cosas de seguridad».
Una mujer rubia me apuntó con un aparato extraño, como no estaba acostumbrada a viajar aquello me pareció “normal”. Unos oficiales de gafas oscuras hablaron quedito como si discutieran un secreto importante, pero se reían maliciosamente. Pensé que tal vez si yo fuera rubia y terrorista me tratarían bien, pero como era una extranjera con la piel café me trataban como delincuente. Bueno, lo que sea con tal de llegar a tiempo a clases.
Cuatro meses después ocurrió algo extraño. Comencé a sospechar que el espejo de mi baño estaba de alguna manera conectado con un sistema que les permitía, no sé a quién, vigilarme a toda hora, incluso cuando estaba defecando, orinando, o lavándome los dientes. Después mi psicosis hizo que tapara con un trapo negro el televisor, por si había allí alguna cámara escondida. Luego me encargué de revisar el techo, las bujías y hasta los libros porque al regresar ya no recordaba haberlos dejado en la posición en la que los encontraba.
Cambié las cerraduras del apartamento y empecé a desconfiar de los detectores de humo. Estaba segura de que me seguían a todas partes.
Una mañana de diciembre desperté súbitamente, alguien acababa de salir de mi habitación, un ladrón o un espía. Ahora sí estaba nerviosa.
Desesperada llamé por teléfono a mi marido para decirle de una vez por todas lo que sospechaba, él me escuchó atento, luego dejó pasar casi un minuto de silencio para decirme seriamente que yo estaba en intertexto con "The Truman Show", y que esa película a él caía mal porque era la peor actuación de Jim Carey.
Esa tarde unas niñas gamberras afroamericanas me atacaron en el bus con bolas de nieve. Yo no pude decirles nada, si ni la gente blanca se animaba a ponerlas en su lugar, por miedo a exteriorizar su racismo travestido. Bueno, gamberra es gamberra, las aguanté.
Al día siguiente tuve mucho cuidado de no toparme con las niñas. Pero me encontré con un sujeto extraño que llevaba un objeto oculto en las bolsas de su chaqueta. Subió casi detrás de mí. Lo observé disimuladamente, era alto, blanco, ojos azules, de cejas y pestañas de un color rubio plata, estaba rapado y llevaba gafas transparentes. Me seguía.
En el bus trató de pegarse a mí tanto que me dio miedo. Aunque él usaba un perfume delicioso y tenía una presencia a lo Brad Pitt, me retiré al fondo, hasta un punto en que todos notarían si ese hombre me estaba acosando. Mi corazón agitado me decía que aquello no se trataba de sexo. Tuve ganas de gritar, vomitar o de orinarme en la ropa.
Cuando regresé a mi apartamento mis dientes castañeaban y mis manos no se bastaban para buscar la llave y sostenerla para abrir la puerta, ni siquiera podía encender un cigarrillo, estaba segura de que alguien me estaba esperando.
No encontré a nadie. Encendí todas las luces y fui a hacer pis, después de ponerle spray negro al espejo. Seguramente tenían intervenido mi correo electrónico, mis tarjetas de rebaja en el supermercado, mis tarjetas de crédito... ¡todo!
Aquello no era lógico, sin embargo algo dentro de mí aseguraba que no se trataba de mi torpe imaginación. Cuando el líquido amarillo sucio de mi infección renal crónica salía de su orificio sentí un dolor raro en uno de los labios vaginales, me sequé bien y me puse de cuclillas en el piso. Con el auxilio de un espejo de aumento y una lámpara de mano me revisé. Una especie de pelito metálico se me enterraba en la carne. Tomé una pinza y lo extraje. Lo estudié con una lupa. Todo indicaba que se trataba de la punta de un microchip en forma de aguja.
Entonces pensé que me lo habían puesto en aquel aeropuerto. Se equivocaron y me lo dispararon mal, entonces grité hacia la parte más redonda de aquella cosa:
«― ¡Hijos de las mil putas, mal paridos! Me vigilan e invaden mi privacidad sólo porque no me parezco a ustedes ¡Pero esto lo va a saber el mundo entero!»
Por eso publiqué mi queja en un diario local. Desde entonces se hizo famoso mi «cuento» porque nadie creyó que yo estuviera diciendo la verdad. ¿No te parece una injusticia?

martes 30 de junio de 2009

NARRATIVA DE MARIA DEL CARMEN PEREZ CUADRA

La sospecha
Los pasos en el piso de arriba parecían los de un animal cansado, gordo y ancho. Yo le había contado a Bernardo que algo estaba cambiando.
Anoche me desperté súbitamente cuando escuché que alguien caía como un costal de papas sobre las gradas. Luego, un grito largo, estridente... ¡terrorífico! Por último, una voz de hombre que decía: «—May I help you?» Después hubo un largo silencio que se estiró hasta que los pájaros negros del invierno otra vez cantaron.
El tumor que nació en mi axila es cada vez más grande. Siento que crece durante la noche, por eso mis insomnios, la dificultad al respirar, y las pesadillas con estampidas de búfalos salvajes en medio de las avenidas de esta ciudad del acero.
Esta mañana, como ha ocurrido siempre, seguí las huellas de destrozos que ocasionó mi hermano, reparé lo reparable y limpié lo que era posible limpiar. Él me ha dicho que juguemos un juego absurdo en el cual sólo somos hermanos imaginarios... me quita la cordura porque hace lo posible para que yo entre en su juego estúpido. Hasta sospecho que con él llegó también esta enfermedad que aprieta mis pulmones, me rasca en el pecho y la garganta, y se instala en mi axila izquierda como un latido caliente.
Hoy por la tarde vi a un hombre entrando al edificio con una pala. Una mujer muy nerviosa lo seguía. Lo extraño es que si ya no está nevando ¿Para qué necesitan la pala?
Le escribo una nota a mi hermano, es bueno que tengamos distancia, al menos es lo que decía mi abuela muerta en el sueño del sábado.
Mientras me duchaba escuché algunos ruidos extraños que venían del piso que está justamente sobre el mío. No tengo idea de quién vive allí; supongo que es un hombre porque de vez en cuando se sabe que alguien está haciendo el amor con él, las tablas del piso traquetean. Hasta puede uno imaginarse que él le aprieta el cuello lo suficiente como para que ella le dé más placer con el éxtasis de la asfixia. Él le da un golpe en la mandíbula y ella lo mastica con su potente vagina dentada.
Pero creo que esta vez los ruidos no son resultado de placer. Alguien llora despacio.
Bajo el volumen del agua que sale del grifo. Los imagino cortando el cuerpo en pedazos sobre la bañera. ¿Mi bañera estará debajo de la de ellos?
Salgo del baño. Ahora se deben estar abrazando, están teniendo sexo o se están estrangulando mutuamente. ¿Pero, de quién será el cadáver? ¿Los otros vecinos habrán escuchado algo? ¿Por qué nadie llamó a la policía?
Hace días que siento un olor penetrante, fino, un olor a cosa podrida. Saqué la basura pero no era eso. Puse desinfectante y el mal olor se mantiene. A veces siento que soy yo quien origina ese olor tan apestoso.
Viene un policía a preguntarme cosas extrañas sobre una vecina embarazada que está desaparecida. Le digo que en esta ciudad nadie conoce a nadie y que no sé de qué se trata todo eso. No, nunca he escuchado nada raro. «Sólo el olor…»—se me escapó, nunca debí haber dicho tal cosa.
En el techo hueco de mi apartamento encontraron un dedo humano, un brazo cortado desde la costilla, como un pollo partido transversalmente. Mi hacha, único recuerdo de mi padre, fue decomisada.
Ahora vienen a decirme que yo soy responsable del asesinato. Que todas las pruebas me señalan: el hacha, los restos en el techo de mi cuarto, y una llamada anónima que hicieron a la policía desde mi propio teléfono. Aseguran que se trata de mi voz.
Mi convicción es que no pude haber sido yo, me hubiera dado cuenta. Por eso espero un juicio justo.
Bernardo no me ha venido a ver, así que no tengo a nadie a quien contarle que el tumor de mi axila está mejor desde que se reventó como un divieso y vomitó pus, que ahora, gracias a Dios, estoy durmiendo más plácidamente.

miércoles 10 de junio de 2009

El “donjuanismo” ¿una herramienta de gestión de identidad masculina?

Un día de estos conversando con Ulises Huete sobre la figura de Don Juan Tenorio como mito popular me sentí como muy vacía, como que no tenía cosas interesantes qué decirle sobre este símbolo de la cultura popular y universal. Y me quedé reflexionando en torno a una pregunta que le hice a mi amigo: "¿Te molestaría que una parte tuya se conectara con el mito de don Juan?”

Ahora pienso que el donjuanismo es un elemento que de forma enmascarada o a veces directamente completa la identidad del macho, atribuyéndole “masculinidad”. El macho es más macho, más hombre de verdad mientras más se acerque a los antivalores de Don Juan: la promiscuidad, el egocentrismo, la frialdad o cinismo y la habilidad de hacer que cada mujer que él quiera se le entregue. Y es que estas características que parecen negativas pueden resultar absolutamente atractivas para la contraparte femenina porque puede representar un reto sin igual tratar de “salvar” o de “componer” a un tipo como tal. La mujer víctima de don Juan cae como mosca pero porque con su sacrificio esta jugando a la lotería: ser la ganadora, la que gracias a su belleza interna y externa es capaz de transformar al más macho de los machos.

Otra cosa curiosa: la imagen perfecta de la mujer de la que podría enamorarse el Don Juan es su opuesto: virgen, inocente, de alma noble, bella y si se puede casi asexual.

He notado que en la cultura nuestra este mito tiene una gran trascendencia. Muchos intelectuales veteranos hasta se dedican a escribir sobre sus incontables aventuras amorosas con sus discípulas en su época de potencia sexual y ahora ya en la ancianidad se deshacen en verborreas y remembranzas, conteos de largas listas de mujeres que se llevaron en el saco, y no estoy bromeando, se supone que esas enumeraciones monótonas son poesía y puede constatarse en la página final del suplemento cultural de los sábados. Conste que no estoy recriminando—y no soy nadie para juzgar—solamente observo y uso el ejemplo.

A lo mejor se trata de que el “donjuanismo” es una característica ansiada, codiciada por lo masculino, es decir una herramienta de gestión de identidad masculina. Me pregunto si el verdadero éxito del Don Juan es tener el poder de seducir a una mujer de su misma calaña como el deseo que tiene el Vizconde de Valmont por la Marquesa de Merteuil.

En todo caso, como le dije a Ulises, el mito de don Juan es superproductivo y tiene un público inconmensurable que crece y se expande a medida que pasa el tiempo, si no creen sospechen de las mujeres que tararean la música reguetonera o bachatera que está de moda porque ellas andan en sus corazones ese deseo de ser la que salve al Don Juan que canta que baila en el video clip (rodeado de mujeres voluptuosas) o que excita desde la radio de un bus cualquiera con rumbo a cualquier capital centroamericana

miércoles 6 de mayo de 2009

Lo abyecto en la visión crítica del mundo narrativo de Mariana en la Tigrera de Ana María Rodas

Por María del Carmen Pérez Cuadra
Hay en la abyección, una de esas violentas y oscuras rebeldías del ser contra aquello que lo amenaza y que le parece de un afuera o de un adentro exorbitante, expulsado más allá de lo posible, lo tolerable, lo pensable. Está allí, próximo pero inasimilable. Solicita, inquieta, fascina al deseo que sin embargo no se deja seducir. Atemorizado, se aparta. Asqueado, rechaza.
Julia Kristeva, 1998


Ana María Rodas (Guatemala 1937) en su libro de narraciones cortas Mariana en la tigrera (1996) revisa las tradiciones patriarcales con una mirada crítica que (re)considera a las mujeres entre los agentes que crean, propician o resguardan los factores de la violencia, el maltrato intrafamiliar y el maltrato sicológico en el hogar. Sobre todo cuestiona la continuidad del incesto como práctica resguardada o cimentada por las mismas mujeres. El propósito en este escrito es demostrar cómo se usa en el discurso narrativo de Rodas la noción de consentimiento (consent) y cómo lo monstruoso o repudiable del tema del incesto es tomado como un elemento narrativo que corresponde a lo abyecto según la idea de Julia Kristeva o lo Unheimlich en las teorías de Sigmund Freud
En el caso de las mujeres de los mundos narrativos de Mariana en la Tigrera (1996), se puede detectar que parte de lo que las constituye en su papel de víctimas, es el silencio, la resignación y la complicidad con que sellan la posibilidad de romper con el círculo vicioso de la violencia.
En el discurso narrativo Ana María Rodas está presente el tema de la violencia como forma de vida de la sociedad guatemalteca. Por eso decidí estudiar “No hay olvido” (Mariana en la tigrera 1996) que puede resumirse así: un hijo mata a su padre en un acto de venganza porque el padre violaba a su propia hija. Al final, Linda (la hija) como una manera de “reconocimiento”, en el sentido de premiar, dar ánimo o apoyo fraternal, reconoce como héroe a su hermano justiciero, lo seduce y se le entrega sexualmente. El mundo narrativo del cuento está dominado por resentimientos, trastornos sicológicos, violencia, odio, seducción y contradicción. Carlos, el parricida, trama la muerte de su padre y cuando la ejecuta se libera con el disparo y con la frase: “―Por haber hecho mierda a Linda.” (31) Pero al final de la narración, la familia reinaugura el ciclo del incesto. Desde esa perspectiva es una familia moralmente destruida, dada la falta de perspectivas para romper con la tradición que impone el padre.
En el cuento, lo monstruoso, como “polo de atracción y de repulsión”, no tiene una representación material escatológica (sangre, secreciones, lágrimas, etc.) Más bien, la abyección se concentra en el horror, el asco y los momentos de violencia límite que acarrea el incesto como parte de la complejidad de las relaciones familiares. El deseo de matar al padre se incuba en el corazón de Carlos de una manera tan insana o desequilibrada que iguala o supera el mismo acto del padre que abusa de la hija adolescente.
Podemos denominar a ese sentimiento de los hijos por el padre y de los padres por los hijos como lo Unheimlich, según Freud:
Lo siniestro [unheimlich] emanado de complejos reprimidos tiene mayor tenacidad y, prescindiendo de una única condición, conserva en la poesía todo el carácter siniestro que tenía en la vivencia real.
O como lo abyecto, que según. Kristeva,
Es lo rechazado de lo que uno no se separa, de lo que uno no se protege como de un objeto
Para Carlos, matar al padre es un problema que fluctúa entre el acto irracional o fuera de la lógica moral, y el acto justiciero que lo obliga a detener a su padre, aunque Carlos ama a su padre y no puede alejarse y salvaguardarse de él, tiene que matarlo, y este parricidio funciona como un mecanismo de ruptura con la realidad circundante. Un rompimiento que a fin de cuentas no se da, sino que marca una continuidad. Carlos repite el acto incestuoso protagonizado antes por su padre. El odio del hijo hacia el padre se desarrolla de manera compleja. El padre nunca agrede al hijo sino que le dice que lo quiere, es más le confiesa “la verdad” en circunstancias que la memoria de Carlos olvida.
El padre lo miró dolorosamente, le cogió una mano entre sus manos de venas abultadas y Carlos no pudo retirarla. No quiso retirarla. Sentía mucha aprensión ante la posibilidad de estar afuera. (35)
El asesinato o “ajusticiamiento” del padre consumado por el hijo se puede tomar como algo claramente abyecto. Al respecto dice Kristeva:
Todo delito, en tanto señala la fragilidad de la ley, es abyecto, pero el delito premeditado, el asesinato tortuoso, la venganza hipócrita lo son más aún porque redoblan la exhibición de la fragilidad de la ley (Kristeva, 114)
Linda, que tiene doce años cuando Carlos se entera que es abusada por el padre, sobrevive a la perversión del padre con el silencio, no le cuenta a nadie lo que le pasa. Es una niña acomodada, con carro, chofer y servidumbre. No tiene ningún tipo de problema político o económico. Es una niña que nunca llora, quien llora es el hermano: “El alzó su rostro agonizante y la abrazó y lloró durante un rato” (37)
A pesar de que Linda calla para proteger a la madre “débil”, ella se considera a sí misma y a su hermano como fuertes “Vos y yo somos los fuertes” (38), le dice a su hermano. Es decir, las diferencias entre la madre y la hija están marcadas en una división binaria fuerte-débil. La madre es la otra, “la débil” y Linda es, a la vez, la otra de la madre. Pero de todas maneras, a Linda la fortaleza o la valentía no le sirven, lo que usa son las viejas artimañas estereotípicas asignadas a las mujeres por el orden patriarcal: la seducción y la manipulación. Linda encanta a Carlos, su hermano, con su pose de “virgen dolorosa” (40). Ella no es capaz de matar con sus propias manos al padre violador, ni siquiera hay un acto de desprecio al padre, más bien hay un apaciguamiento de su conducta después que el padre la usa sexualmente. No llora, no grita, no patea, no intenta atacarse a sí misma, se queda con el “rostro encendido” sin decir palabra. Cuando llega a hablar tiene el deseo implícito de seducir al hermano, convencerlo para que mate al padre.
Linda adopta un papel de espectadora durante el desarrollo del relato, especialmente con respecto a la conducta del hermano que agrede y quiere matar al padre para vengarla. Aunque la niña no está presente cuando el hermano mata al padre, era algo que se había gestado entre ellos de manera cómplice. Es muy importante remarcar que no está claro el momento en el cual Linda se entera o se vuelve consciente de que es una niña abusada por su padre. De la lectura puede deducirse que Linda se da cuenta de su situación hasta que aparece la figura masculina (el hermano) para enterarla:
La primera vez fue cuando él tenía catorce años. Linda no podría haber tenido siquiera doce, y sorprendió al padre con ella sentada en el regazo, pasándole despacio las manos por los muslos. La niña tenía los ojos encendidos y las piernas separadas.
[…]
―¿Qué te hizo el desgraciado?
―Lo que me hace siempre. (32)
Surgen en este punto algunas interrogantes: ¿realmente se da cuenta de que es abusada o ha aceptado Linda un rol de intercambio sexual, sin percatarse de ningún poder emancipador propio? ¿Acepta ser un objeto de uso y deseo?
En realidad, la “emancipación” de Linda solamente se advierte gracias a la mirada masculina del hermano. El punto de vista narrativo omnisciente deja ver que es él quien la reconoce como la víctima. De esta manera la emancipación como proyecto no se da como propio (de Linda) o quizá sí se vuelve personal pero como proyecto administrado por un “libertador” masculino. Algo interesante es que las novelas nacionales escritas por mujeres en Centroamérica, con escasas excepciones, carecen o no incluyen a una mujer libertadora .
Linda observa desde lejos el pleito entre padre e hijo como si fuera algo ajeno, su voz como agente liberador no se escucha. Sin embargo parece alimentar con sus actos seductores, manipuladores el deseo de Carlos por poseerla y por matar al padre.
Antes era peor. Pero no, para qué te voy a contar. Ya pasó. Está pasando. Y dentro de poco podremos hacer algo. (38)
Aunque Linda usa sus posibilidades de ser objeto de uso sexual para conseguir la venganza [el consentimiento (consent) le da algún grado de poder], de todos modos ese acto no lo hace como autogestión personal que la beneficie suficientemente como para liberarse del poder patriarcal.
En la terminología de Kumkum Sangarí , una de las formas de “empoderamiento” es el consentimiento (consent) el cual se refiere al logro de ciertas mujeres que pactan con los que tienen el poder y obtienen ciertas cuotas de beneficio. En cambio agencia (agency) implica una iniciativa organizada de sujetos comprometidos con la justicia social y la igualdad de derechos.
En el relato “No hay olvido” puede verse claramente la tensión entre consent y agency pues las mujeres caben como sujetos de la aceptación o el consentimiento de las reglas patriarcales. Aunque el consentimiento les da algo de poder, muchas de las figuras femeninas de Rodas no consiguen manejar o apropiarse concientemente de una cuota de poder para agenciar espacios de autorrealización a favor de cambios en la estructura de dominio genérico. Para crear alternativas de agencia o agency ellas podrían, primero, acomodarse dentro de los roles que el sistema patriarcal les ha asignado [aceptación del papel de subordinada o dependiente (consent)] para luego obtener a cambio de ese consentimiento ciertos beneficios sociales y culturales.
En la narrativa de Ana María Rodas, el concepto de consent o consentimiento puede ser un elemento que ayude a explicar los mecanismos de algunos grupos subalternos frente al dominio patriarcal, es decir una especie de colaboracionismo con el poder a cambio de una cuota. En su libro de cuentos, Rodas representa muchos de los complejos neuróticos que afectan a la oligarquía centroamericana como clase que ejerce dominación, más que hegemonía sancionada por métodos democráticos. Las oligarquías centroamericanas han sido incapaces de crear hegemonía, y han dominado a las culturas otras, o subalternas, por medio de la violencia, particularmente en Guatemala, por medio de la violencia de Estado.
Por otra parte, el silencio de Linda deja un territorio abierto para otras formas de lectura, una de ellas puede ser la propuesta metatextual (o metaenunciativa), es decir, que el relato se propone como parte de su estructura conceptual, representar el espacio al cual ni la voz narradora (omnisciente) tiene acceso, espacio en el cual solamente Linda es dueña y señora. Habría que reconocer entonces, el valor simbólico del silencio.
Otro aspecto importante del cuento, que no puede pasar inadvertido, es el papel de la madre. Hay una completa falta de comunicación entre la madre y los hijos. Linda calla, el silencio es la respuesta a las interrogantes de la madre:
―Contame por qué rompiste todo en el cuarto de la nena.
Silencio.
―La nena no me ha querido decir nada. ¿Qué tenés? ¿Qué te pasó? Y trató de acercarse, pero la raqueta le rozó el pelo sobre la frente. Le dio miedo, sobre todo por la cara negra del hijo que parecía dispuesto a saltar sobre ella para deshacerle los sesos. (33)
La madre es una figura casi invisible, no tiene ningún poder, sus alternativas se ven reducidas a la evasión.
El padre se mantenía borracho y esta vez era él quien hacía viajes periódicos al hospital. La madre, temerosa de echarlo a perder todo, se iba a la calle y él [Carlos] se quedaba solo con Linda. (37)
Las salidas de la madre propician el ambiente en el que el deseo protector que siente Carlos hacia su hermana es sustituido por el encanto erótico sexual. La madre es un personaje que no actúa, no se entera. La acción más violenta que protagoniza es cuando cachetea al hijo, después le da “un ataque de nervios”. La conclusión de los hijos sobre la madre es que ella es “muy débil”.
En el mundo narrativo de “No hay olvido” hay una falta de alternativas al problema del incesto porque incluso la “institución mental”, que representa el sanatorio no es capaz de descifrar el silencio y el odio hacia el padre, el problema simplemente se adormila con tranquilizantes pero no se cura.
Por otra parte, ciñéndose al texto, el problema pertenece a la esfera de lo privado de una familia guatemalteca particular. Pero es posible encontrar en el relato, una representación alegórica de la nación, es decir, una representación de la esfera pública, si recordamos el argumento de Fredric Jameson , en el tercer mundo las narrativas individuales son alegorías nacionales.
Leído desde esta interpretación, en el cuento de Rodas, la familia es la nación, el padre es la oligarquía dominante. El hijo es la “nueva” alternativa o el sistema de dominación del momento, la llamada “transición democrática”, que a fin de cuentas hereda como una continuación la violencia de Estado, característica de los modelos de dominación del país. El discurso se vale de la representación alegórica del relato para decir que a pesar del supuesto cambio, ni la antigua oligarquía ni el nuevo sistema de dominio (ni el padre ni el hijo) logran articular la representación política y cultural de los dominados. La madre y la hija representan la falta de comunicación y alianza que garantizaría la agencia de cuotas de poder y representación de los grupos subalternos dominados por el Estado. La capacidad que tiene la hija adolescente de acomodarse al modelo patriarcal le permite adquirir cierto poder de manipulación sobre el sistema que la domina, pero debido, quizás a la falta de conciencia (sobre su propio poder “consentidor”), no le funciona como una herramienta para independizarse de ese sistema.
En el sentido alegórico del relato, puede estar sugerida además una crítica con respecto al problema de la ciudadanía, en el sentido de que en las familias centroamericanas, tradicionalmente símbolo y base de la nación (no del Estado), no hay una preocupación por usar de manera efectiva a la “institución mental” [en el relato es el sanatorio como símbolo de la disciplina “cívica” que proviene del Estado], es decir, los derechos civiles, jurídicos y políticos que le corresponden a la familia. La familia fuera de las épocas de elecciones, es vista por los grupos hegemónicos (políticos e intelectuales dominantes) como símbolo folclórico, como “el pueblo” (sufrido, alegre, servicial, sojuzgado) como una marca perpetua que no deja ver a un grupo legalmente compuesto por ciudadanos, con plenos derechos de liberarse ya sea de la pobreza económica o de la violencia de Estado. En el cuento se trata de una familia burguesa, y los empleados que atienden a la familia podrían constituir la presencia del pueblo subordinado. Puede considerarse entonces, que la familia al no reconocer sus derechos o no hacer uso de ellos, y a pesar de que tomen como recurso el centro de atención sicológica al que asiste el joven enfermo, deja de ejercer su calidad de ciudadanos y se vuelven sujetos que están fuera del espacio legal.
Finalmente, “No hay olvido” es un título que vale por sí mismo, porque en él, el discurso narrativo de la autora representa la violencia como forma de vida propiciada por el Estado y resguardada por el consentimiento de las mismas mujeres, que dominan el espacio íntimo de la familia, algo que no puede “olvidarse”, o dejar pasar inadvertido.


***Una versión completa se puede consultar en la base de datos del CIICLA.

Ganadores del concurso de Ensayo y Narrativa Corta


Ganador del Premio de Narrativa: Arquímedes Otoniel Hernández. ¡Felicidades!


Ganadora del Premio de Ensayo: Silmari Eliette Víctor. ¡Felicidades!