martes, 3 de abril de 2012

Soy una “AA” (autora anónima) que disfruta de su anonimato. Entrevista con la escritora nicaragüense María del Carmen Pérez Cuadra

Por: Jadive Malavera[1]

Me la encontré en la calle central del Barrio Lastarria, aquí suelen confundirla con una nana peruana me cuenta, pero dice que ya se está acostumbrando, a eso y a los terremotos cotidianos. Mientras nos tomamos un café por uno de esos restaurantes pintorescos me explica que ha empezado a decir que es mapuche de pura cepa, y que así ya no le siguen preguntando que de dónde es o que por qué tiene ese acento tan raro. “…Cada vez que puedo recaigo, por eso es que te digo que soy una “AA” (doble A), allá tú si quieres entrevistarme”, me aclaró antes de que le diera on a mi mini grabadora de voz.

¿Qué te pareció la antología de narrativa centroamericana Puertos Abiertos de Sergio Ramírez, en la que se incluye una de tus narraciones cortas?

Creo que es un producto necesario que fue preparado para favorecer o satisfacer esa creciente hambre del público latinoamericano por las narrativas centroamericanas. Y que por suerte ha considerado mi trabajo.

¿Y con respecto a la selección de autores incluidos, crees que algunos tuvieron más “suerte” que otros? ¿Crees que esta antología saque del patio trasero a algunos talentos nuevos?

Mira, yo no estoy en posición de criticar mal el trabajo de Ramírez simplemente porque hay libertad creadora, y ése es su corpus, él es dueño de su selección. Pero qué te puedo comentar, a ver, particularmente me he distinguido o más bien así quiero hacerlo como una escritora que poco se interesa en andar empujando la flechita, que eso sea una estupidez o un acto poco sensato pues lo asumo y tomo mi responsabilidad, y me atrevo a decir que eso le pasa a mucha gente de talento en Centroamérica, y el caso se da, ―estoy especulando quizá―, porque estamos demasiados agobiados por la sobrevivencia y vemos la literatura como un espacio de libertad creadora y no como una oportunidad profesional, digamos. Pero, respondiendo a tu pregunta, si la obra fuera mía, inmediatamente me daría cuenta que faltan autores notables, como Claudia Hernández ―que desde mi perspectiva y experiencia lectora es la mejor narradora contemporánea que tiene Centroamérica― pero también podría darme cuenta que sobran nombres muy largos y grandotes (valga cualquier redundancia). Y entiendo por qué esos nombres tan grandes que quitan el espacio a otros con menos letras son necesarios y es porque sirven a manera de ruedas para poder movilizar el carrito dentro de un mercado muy competitivo, violento y desgastante al que no cualquiera puede entrar, así que Ramírez hace lo que puede, y ya ves que puede.

¿Podrías contar más sobre tu idea de no andar empujando la flechita, cómo tiene que ver eso con tu experiencia de autora?

Esa idea no es mía, sabes bien que es de Cortázar. Pero, mejor te cuento algo más curioso, bueno, al menos lo es para mí. Fíjate que aunque las cosas que escribo tanto en poesía como en narrativa no son para nada autobiográficas, tengo dos o tres cosas que casi lo son, por ejemplo, ¿te acuerdas de aquel poema “Miedo autobiográfico/La poeta domesticada”? Pues sucede que yo fui a un recital de poesía y mientras leía alguien hizo un comentario: “Esa mujer tiene más cara de empleada doméstica que de poeta” dijo. Confieso que me molestó, pero también me sirvió mucho porque me impulsó a hacer un análisis retrospectivo de lo que hasta ese momento había sido nuestra poesía nacional, si es que existe como tal: puro erotismo, pura belleza modernista, puro lugar común, nada verdaderamente revolucionario. En ese instante vino a mi mente la poesía de Ana Ilce Gómez, Rosario Murillo y la de Marta Leonor González quienes según yo eran las únicas que en ese momento estaban haciendo o habían hecho algo más original. Pues, como te decía, pensé que había que hacer algo verdaderamente “revolucionario” por eso fue que a partir de ese poema que te decía trabajé decididamente lo otro, lo feo, lo reprobable, lo abyecto como objeto estético por excelencia entre mis ejercicios creativos. Y fue que ocurrió, ―aquí viene la parte curiosa―, que a partir de ese proyecto y tras varios ejercicios y experimentos llegué al “Animal inédito. Monólogo de una poeta menor” que según yo todo mundo iba a entender que se trataba de una reflexión en torno a ideas nietzscheanas… He ahí que con él gané en 2008 un concurso nacional dedicado a Rubén Darío que se llamaba “El Cisne” (Yo reflexionando con la idea de un caballo ganaba el “cisne” como premio), y cuando leímos en el acto de premiación recuerdo que una musa Dariana se paseaba con un vestido vaporoso teniendo como fondo música de Richard Clayderman, “Balada para Adelina” o algo así, medio romanticón, así que los premiados pasábamos uno a uno a leer con música parecida a esa de fondo. Pues me daba risa y me daba pavor al mismo tiempo leer mi poemita odioso con un fondo musical de “Historia de amor”, no podía ni concentrarme, así que fui y con mucha vergüenza les pedí que por favor apagaran la música porque yo no podía leer con ese tema musical de fondo. Ofrecieron otro, pero pedí que mejor no pusieran nada. Leí. A los pocos días salió en el diario nacional más leído una nota de opinión[2] en la que un ex candidato presidencial hablaba cosas ingratas de mi poema y de los ajenos presentados en ese concurso. Lo curioso es que el señor ese no mencionaba los nombres de los aludidos entre los que estaba el mío, porque al escribirlos reconocería al autor o autores, y porque así se escondía o se resguardaba no sé de qué. Esta era la voz oficial arcaica que se pronunciaba en contra de mi poesía, y te lo cito:

Querida Nicaragua: En estos días estamos celebrando el 141 aniversario del natalicio de nuestro Rubén y el 92 aniversario de su muerte. Tenemos tan cerca a nuestro Rubén Darío, nos enorgullecemos tanto de él, es nuestra puerta de entrada al mundo, lo admiramos con tanto orgullo que a veces uno no puede entender las razones que tienen los nuevos poetas, los modernos, diríamos los poetas rock, para escribir poesía que no es poesía.

…Es una pena que hoy en día, supuestamente exaltando la memoria de nuestro más grande poeta, se premien en certámenes cierto tipo de galimatías a los que llaman poesía y que los jurados calificadores, con algún tipo de argumentos rebuscados exalten las virtudes de escritos que no merecen ser llamados poemas. Tal parece que son premiados porque obligadamente había que premiar a alguien.

…Los huesos del pobre Rubén deben estar crujiendo.

y me dio mucha risa imaginar el programa de radio del señor ese, dedicado, ―en lugar de alabar a los valores nacionales o la geografía patria―, a recitar improperios en contra de mi poemita.

¿Pero, a pesar de ese premio y algunas menciones, todavía no has publicado ningún libro de poesía que yo sepa?

Que yo sepa tampoco, ni siquiera sin mi permiso… creo (ríe maliciosamente). No, no he publicado poesía, aparte de haber publicado uno que otro poema en algunas antologías claro está.

¿Te has involucrado en algún grupo literario chileno?

No. Pero me inventé uno. Reuní un grupo de amigos adultos mayores y nos juntamos a aprender y a escribir. En principio somos un grupo itinerante, caemos en la casa que esté disponible para las actividades del grupo, y lo pasamos de película; vamos al cine o a algún bar de vez en cuando y estudiamos y escribimos intensamente. ¿Qué más puedo pedir?

¿Y por qué “inventaste” ese grupo y no preferiste unirte a otro ya hecho y con gente más conocida o experimentada?

Porque sucede que padezco de un carácter que ni yo misma entiendo, no hablo a menos que se presente la necesidad (como ésta), no me gusta la mayonesa ni el kétchup, odio los ruidos que hace la gente cuando come, soy agorafóbica, no tomo bebidas alcohólicas, no fumo, no le hago ni a la yerbita ni a nada… me duermo temprano, qué te digo: que soy muy aburrida para la gente joven, y estas personas maduras con las que tuve la suerte de encontrarme tienen unas vidas tan curiosas e interesantes, unas experiencias de vida tan ricas que me dan una felicidad que no te sabría explicar verbalmente. Pero tampoco te estoy diciendo que mis amiguitos son todos unos santos, simplemente son muy tolerantes conmigo, eso es. Me aceptan tal y cual soy, y yo los quiero a ellos más de lo que se imaginan.

¿Y has escrito mucho, cómo te va con las publicaciones?

He escrito bastante, pero me encuentro ante un dilema, el material que me han solicitado me da “cosa”, es decir, no me hallo en valor de darlo por terminado, y el material que tengo terminado no ha encontrado casa editora, estoy en eso, estoy buscando a alguien que tenga interés en publicar mi trabajo.

¿Y dónde te ves si piensas en tus publicaciones?

Me veo en cualquier lugar, pero no consigo verme ni en Chile ni en Nicaragua, antes de que me preguntes por qué, te lo voy a decir: allá porque no hay editoriales y acá porque la competencia es buena, es brutal. Pero por suerte en los dos ambientes soy una “AA”, es decir una autora anónima, pero fíjate que eso tiene sus ventajas, me dedico a escribir, y nada más, lo disfruto mucho y no tengo necesidad de estar todo el día ocupada en atender mi fama en twitter, no me desgasto la vida inventando qué poner en mi facebook (es más lo estoy dejando), no hay gente que me mande malas vibras porque como soy una figura anónima a nadie le intereso, no me veo en aprietos por cuestiones de choques de horario en visitas a mis amigos famosos, no hay ningún paparazzi persiguiéndome por todo Santiago para tomarme una foto en la que salga fea porque no uso ni maquillaje… No hay ningún opinólogo que se ocupe de llevarme la vida por los diarios o la televisión. Me levanto temprano y escribo. Es muy rico ser una autora anónima, tiene su gracia. De verdad. ¡En serio!

Mientras ella se toma su agua mineral sin gas (que al parecer le ha soltado la lengua) y yo mi Nescafé orgánico, la mesa empieza a sacudirse. La gente del lugar actúa con normalidad. Un sismo como de 6 grados Richter nos acoge por unos segundos. Hoy domingo 25 marzo a las 19:37 PM. Yo guardo silencio. Ella sostiene su vaso con aparente tranquilidad. Es tarde, ya hemos hablado demasiado.

Oye, ¿sabes qué?

No.

¿Por qué te viniste a vivir a Chile?

¿Me creerías si te dijera que eso mismo me estoy preguntando?



[1] Es escritora colombiana e investigadora independiente de narrativa centroamericana.

[2] “Cartas de amor a Nicaragua”, en la sección de opinión de La Prensa. El diario de los nicaragüenses. “Poetas”, del 22 de enero de 2008. http://archivo.laprensa.com.ni/archivo/2008/enero/22/noticias/opinion/238841.shtml

jueves, 22 de diciembre de 2011

El microchip*

I see the girls walk by dressed in their summer clothes

I have to turn my head until my darkness goes

Rolling Stone

En el aeropuerto de aquí las cosas no estaban bien. Hicimos demasiadas filas y los guardas de seguridad nos registraban más detenidamente a medida que nos acercábamos a nuestro destino final. En el aeropuerto internacional de Miami nos recibieron unos policías con acento árabe y me despojaron de mis pinzas para depilar y de una para cortarme los callos «Cosas de seguridad».

Una mujer rubia me apuntó con un aparato extraño, como no estaba acostumbrada a viajar aquello me pareció “normal”. Unos oficiales de gafas oscuras hablaron quedito como si discutieran un secreto importante, pero se reían maliciosamente. Pensé que tal vez si yo fuera rubia y terrorista me tratarían bien, pero como soy una extranjera con la piel café me trataron como delincuente. Bueno, lo que sea con tal de llegar a tiempo a clases.

Cuatro meses después ocurrió algo extraño. Comencé a sospechar que el espejo de mi baño estaba de alguna manera conectado con un sistema que les permitía, no sé a quién, vigilarme a toda hora, incluso cuando estaba defecando, orinando, o lavándome los dientes. Después mi psicosis hizo que tapara con un trapo negro el televisor, por si había allí alguna cámara escondida. Luego me encargué de revisar el techo, las bujías y hasta los libros porque al regresar ya no recordaba haberlos dejado en la posición en la que los encontraba.

Cambié las cerraduras del apartamento y empecé a desconfiar de los detectores de humo. Estaba segura de que me seguían a todas partes.

Una mañana de diciembre desperté súbitamente, alguien acababa de salir de mi habitación, un ladrón o un espía. Ahora sí estaba nerviosa.

Desesperada llamé por teléfono a mi marido para decirle de una vez por todas lo que sospechaba, él me escuchó atento, luego dejó pasar casi un minuto de silencio para decirme con toda seriedad que yo estaba en intertexto con "The Truman Show", y que esa película a él caía mal porque era la peor actuación de Jim Carey. Fue la primera vez que vino a mi mente la sensata idea del divorcio.

Esa tarde unas niñas gamberras afroamericanas me atacaron en el bus con bolas de nieve. Yo no pude decirles nada, si ni la gente blanca se animaba a ponerlas en su lugar, por miedo a exteriorizar su racismo travestido. Bueno, gamberra es gamberra, las aguanté.

Al día siguiente tuve mucho cuidado de no toparme con las niñas. Pero me encontré con un sujeto extraño que llevaba un objeto oculto en las bolsas de su chaqueta. Subió casi detrás de mí. Lo observé disimuladamente, era alto, blanco, ojos azules, de cejas y pestañas de un color rubio plata, llevaba un corte tipo cepillo pero en versión anticuada y gafas color humo. Me seguía.

En el bus trató de pegarse a mí, tanto que me dio miedo. Aunque él usaba un perfume delicioso y tenía una presencia a lo Brad Pitt, me retiré al fondo, hasta un punto en que todos notarían si ese hombre me estaba acosando. Mi corazón agitado me decía que aquello no se trataba de sexo. Tuve ganas de gritar, vomitar o de orinarme en la ropa.

Cuando regresé a mi apartamento mis dientes castañeaban y mis manos no se bastaban para buscar la llave y sostenerla para abrir la puerta, ni siquiera podía encender un cigarrillo, estaba segura de que alguien me estaba esperando.

No encontré a nadie. Encendí todas las luces y fui a hacer pis, después de ponerle spray negro al espejo. Seguramente tenían intervenido mi correo electrónico, mis tarjetas de rebaja en el supermercado, mis tarjetas de crédito... ¡todo! A lo mejor mi esposo no era mi esposo y mi casa ya no era mi casa…

Aquello no era lógico, sin embargo algo dentro de mí aseguraba que no se trataba de mi torpe imaginación. Cuando el líquido amarillo sucio de mi infección renal crónica salía de su orificio sentí un dolor raro en uno de los labios vaginales, me sequé bien y me puse de cuclillas en el piso. Con el auxilio de un espejo de aumento y una lámpara de mano me revisé. Una especie de pelito metálico se me enterraba en la carne. Tomé una pinza y lo extraje. Lo estudié con una lupa. Todo indicaba que se trataba de la punta de un microchip en forma de aguja.

Entonces pensé que me lo habían puesto en aquel aeropuerto. Se equivocaron y me lo dispararon mal, entonces grité hacia la parte más redonda de aquella cosa:

«―¡Hijos de las mil putas, mal paridos! Me vigilan e invaden mi privacidad sólo porque no me parezco a ustedes ¡Pero esto lo va a saber el mundo entero!»

Por eso publiqué mi queja en un diario local. Desde entonces se hizo famoso mi «cuento» porque nadie creyó que yo estuviera diciendo la verdad. ¿No te parece una injusticia?






*Nota: yo había borrado este escrito del blog, pero hoy me arrepentí así que lo regreso a su sitio.


jueves, 22 de septiembre de 2011

Un carro de marca

La primera vez que vi a una persona vieja, pero vieja de verdad fue cuando me llevaron a despedirme de mi bisabuela Eleonora. Tendría ella unos 110 años, y yo unos seis. La bisabuela se moría y quería verme a mí, su única bisnieta. Cuando entré vi a la abuela como lo que era, un cadáver viviente, su piel colgaba sin ninguna gracia sobre unos huesos que casi se podían distinguir entre los cueritos traslúcidos de su piel. La cuenca de los ojos eran dos aureolas oscuras con un botón negro del que irradiaba una luz casi apagada. Sus venas azules me impresionaron mucho porque parecían telarañas de desgracia, la piel de las manos lucía cubierta de manchas como de hongos en un árbol viejo. Después me pusieron el mejor vestido, y fui la encargada de cerrarle los ojos y ponerle la cruz de madera en el pecho. La abuela había dado todas las indicaciones que tenían que ver con sus honras fúnebres, y yo estaba entre sus planes. Maquillada, con un peinado español muy elegante que cerraba en una moña sujeta con peinetas plateadas, parecía una extensión nacarada de su pelo rubio plata. Las cejas estaban depiladas y suavemente marcadas con lápiz color humo, había un rubor más bien pálido en sus mejillas, un rojo sobrio en sus labios delgados, y mucho rímel en sus pestañas. La vi como lo que era, como alguien a quien yo no quisiera tener que enterrar y a alguien que también me daba miedo.

Ahora me siento muy cerca de ese recuerdo, veo en el verde musgo de mi propia mirada, la mirada de ella, y en mis venas con piel manchada y arrugada, la piel de ella. Cuánto nos parecemos abuela, cuánto.

Cuando me levanté esta mañana lo primero que dije fue: «¡Mierda!» porque no tenía nada más armónico qué decir. Quizá fue una equivocación, quizá fue un pecado inevitable, pero es que se me están socavando los nervios. Hace ya casi seis meses que me quitaron el empleo, no lo perdí, me lo quitaron porque una mujer como yo no puede ser la recepcionista de una clínica de cirugía estética durante toda su vida. Me quitaron el trabajo porque la amante de mi jefe necesitaba estar cerca de él. Yo lo sospeché, aunque estoy vieja tengo todos mis sentidos en forma, cuando me llamó mi jefe temblaba. Claro, yo sabía, aunque es un explotador tiene su corazoncito, y por eso estaba nervioso, no era fácil decirle a la empleada más antigua del centro de belleza Le Sanson, que van a prescindir de sus servicios, sabiendo que es la más puntual, la que nunca falta aunque esté enferma, la primera en llegar y la última en salir, la que siempre está dispuesta aunque el día sea feriado. Al principio no estaba segura si rogarle que me diera otro trabajo aunque fuera humilde, limpiando donde nadie me viera, o aceptar apaciblemente el despido. Pero se me salió lo poco que heredé de la bisabuela Eleonora: «No se preocupe señor Roberto, le dije, si yo sé para qué me cita. El asunto es que yo ya estoy cansada y quiero jubilarme. Quiero usar mis ahorros para disfrutar de la vida y hacer lo que siempre he querido, comprarme un carro de lujo y recorrer el país.»

El señor Roberto me vio entre sorprendido y aliviado. «¿Y le va a alcanzar con su liquidación, señora Carmen?»

La verdad es que yo pensé que sí, pero no me ha servido ni para pagar a tiempo los gastos comunes. De todas formas me iba a despedir, eso estaba claro. era mejor que yo me fuera. Con lo que me dieron pude apenas iniciar un negocio comprando carteras usadas para revenderlas. No era fácil conseguir clientas, sobre todo porque mis amistades no solían comprar ese tipo de accesorios de baja categoría.

Tengo frío, el invierno y la artritis se me están comiendo los huesos y yo no tengo ni un centavo para pagar el gas. Anoche soñé que toda mi desgracia era un sueño, me pellizqué varias veces, pero como no dio resultado di un cabezazo contra la pared, y hoy amanecí así, por eso dije lo que dije y así inauguré mi día, con un hematoma en la frente y un color azulado en el ojo izquierdo.

Antenoche fui al cumpleaños de Sonia, limpié lo mejor que pude la única cartera decente que me quedaba para vender, la envolví y se la llevé de regalo. Todavía no entiendo por qué lo hice, si ella me ve así como estoy y ni me pregunta nada. Ha visto que estoy sola, que tengo casi setenta años, que ahora sin trabajo no tengo mucho futuro. «¡Gracias mamita, eres muy linda!», eso fue todo lo que me dijo. Yo la abracé, y al sentir su perfume, y el olor a nuevo que emanaba de toda ella, como que me sentí consolada.

―¿Abuelita, por qué no hay luz en tu casa? Me preguntó Andrea.

―Es que con la edad hasta la luz me molesta, le respondí.

Después me regresé a mi casa con la ligera esperanza de que al menos me atropellara un carro de buena marca.

sábado, 27 de agosto de 2011

ESTO NO ES POESÍA/DOS MUJERES, HABLAN

Todos los días busco un nuevo amante para después salir a la calle y contárselo a todos los que encuentro.

Mostrar la carne apetitosa si se puede,

descubrir la carne blanca y el cabello rubio

orgullos de la burguesía

de niña alfabetizada para ser liberada.

He dejado de usar sostenes pero los guardo porque no es fácil quemar buenas marcas en las que algún incauto puede caer hipnotizado.

¡Oh Victoria secreta! ¡Oh Vogue! ¡Oh Carolina, oh Lovable!

Orgullosa de mí misma, de ser mujer.

Ser mujer o ser una mujer.

Porque pies caminaron descalzos

y cabellos se vistieron de piojos en las escuelas públicas

y ahora cabezas ajenas vienen a lavar las caras

con sus aguas perfumadas.

—¡Deja de hacer remedos, mamá!—

Hay demasiados ratones muertos en la cocina,

los frijoles se agriaron

y el fuego de leña no arde

porque anoche cagaron demasiado

las gallinas que duermen en el comedor.

Las niñas malas nunca mueren

—Tampoco escriben buenos poemas—

Las niñas de escuelitas pobres

no aprenden a gobernar la nación

porque no es lo que se les enseña,

las otras niñas escriben: «Yo la Nación»,

si es todo lo que han aprendido.