lunes, 25 de octubre de 2010

El abrazo de Andrea

Ayer lloré Nicaragua

En un abrazo santiaguino

De mi amiga suiza.

Vi en una casa ajena

Mi casa

Vi en familias ajenas

Mi propia casa

Vi en cada madre, a mi madre.

Ayer lloré públicamente

A mis muertos.

[De la serie: “zolo soi hun cer uMano”]

domingo, 24 de octubre de 2010

Vitá-cora de padecimientos. (Fragmentos de un diario)

OCTUBRE 24 DE 2010

Ayer estuve en una reunión de padres de familia. Todo estaba bien, el lugar, el ambiente y la alegría de nuestros niños jugando al aire libre. Pero yo no tenía más que ganas de llorar. Llorar por mis muertos, unos que dejé ir solos mientras yo estaba lejos, como si me importaran menos.

Recordé en aquella, mi propia casa. Y vi en las demás familias a mi propia familia.

Quería sorprender a mi abuelo Víctor con una publicación en el extranjero, para que viera que la hija de su primogénito no reconocido había llegado más lejos de lo que él se imaginaba. Llevo el apellido de mi abuela paterna, con mucho orgullo, y siempre quise demostrarle a mi abuelo que había hecho muy mal en no reconocer a mi padre como hijo legítimo. Pero mi abuelo murió en junio, y no pude demostrarle nada, simplemente él me enseño que yo lo quería más de lo que sospeché. Y a hora voy a recordar su lección cada vez que vea el rostro de mi padre.

Le prometí a mi tía Adela que mi novela se la dedicaría a ella, porque me estaba costando mucho, que no era fácil, pero que estaba orgullosa de lo que estaba resultando. Por eso, la noticia de mi primera novela en su etapa final la entusiasmaba tanto. Le prometí que como penitencia por no haberme ido a despedir de ella el día en que me vine a Santiago, nos veríamos pronto, haría una gran fiesta familiar «quizá el próximo año», le dije, para celebrar juntos el hecho de que somos una gran familia, no solo en número si no en solidaridad, amor y humildad, pero mi tía murió en septiembre y con ella se desmoronó algo que me sostenía. Es como que las raíces de mi propia vida hubiesen sido rigurosamente torturadas, casi desprendidas de su base.

El día en que me vine a Santiago, no fui a despedirme de ellos, estaba demasiado abrumada por el viaje y el problema de la casa que dejaba. Estaba ilusionada con la idea de estar sola, muy feliz dedicada a mi vicio de la escritura. Era medio mágico, y me he venido a enterar de lo falsa que era esa imagen soñada de manera muy dura. Estar solo o en soledad, distanciada de la gente que se ama no siempre es saludable, esa es la lección que sienten mi carne, mis huesos, mi cerebro y éste espíritu.

jueves, 14 de octubre de 2010

Un sueño recurrente (Parte 2)

El tiempo se evapora, se derrite, se fuga en esta vieja ventana que ahora enmarca mi cara de gato abandonado. Afuera llueve, llueve a mares. Yo busqué por varias semanas, meses, años un botón, una palanca que me permitiera conectarme con el otro lado. Pero nada ha funcionado.

He escuchado que Ofelia viene el lunes, todos han aparentado una felicidad inusual, pero yo sé que en el fondo sienten miedo de su llegada. Sí, miedo.

La última vez que te vi me dijiste lo del sueño, y quizá pensaste que yo no le estaba dando importancia a lo que me contabas. Me costó trabajo entender que hablabas contigo mismo, que el café que tomabas era el de tu madre y no el mío, y que por más que yo te gritara, te besara, arañara o te golpeara como una loca, no había manera de que sintieras o me escucharas.

Recuerdo el día en que me llegó la noticia. Tu madre lloraba porque estabas colgado en la rama del árbol de naranjas, ése que plantamos juntos ¿te acuerdas? Ese que conocía nuestro secreto. Tu madre que siempre me quiso ahora maldecía mi nombre. No pude leer la nota que dejaste, esa que tu madre se guardó tan cuidadosamente en el sostén.

Miro a los niños jugar bajo la lluvia. Yo me quedo viéndolos a través de la ventana. Un día fuimos felices como esos niños del patio, y cantábamos juntos la misma canción que hoy viene a la mente como un trozo de nostalgia coagulada: "Will you still love me tomorrow?"

Estoy en el punto en el que no sé si es que no me quiero ir o si es que no sé cómo hacerlo. Estoy sola y cada vez que duermo sueño lo mismo: llueve, todo está oscuro, hay pájaros muertos por todas partes, una vaca me da un latigazo con su cola áspera y húmeda, lloro porque estoy perdida y mojada en el agua fría de ese sueño.

Las niñas se han metido al sótano a buscar cosas viejas para hacer una tarea de la escuela y han descubierto el álbum de tapas rojas y esquinas doradas. La madre las busca y llega hasta el lugar. Veo un espejo. ¿Cuándo fue la última vez que me vi en uno? Las niñas señalan una figura entre las páginas amarillas. La más pequeña pregunta: «¿Mamá, esta es la niña muerta?» Me acerco para ver quién es la niña de la fotografía. Veo algo que no quiero ver. Yo no puedo ser una niña. Corro al espejo, veo la figura del espejo y es la misma, y tiene el mismo vestido blanco de primera comunión, los mismos encajes, los mismos zapatos de tacones planos.... Soy la niña de la foto. Yo soy la niña muerta.

Me alegra que Ofelia venga a visitarnos, quizá traiga alguna noticia.


viernes, 1 de octubre de 2010

Un sueño recurrente

Tonight you're mine completely
You give your love so sweetly
Tonight the light of love is in your eyes
Will you love me tomorrow?



Se supone que los dos soñamos lo mismo. Él me preguntó en la mañana: "¿Te acordás de lo que soñamos?" como quien afirma que es normal soñar juntos. Entonces yo le digo: "Pues no, se me olvidó" y él que qué lástima, sabía que había sido un buen sueño, ojalá y se vuelva un sueño recurrente.

Después le preparé un café colado, no un café instantáneo,
«Nescafé de mierda», sino un café que yo misma recogí del arbolito que está en mi patio y que sequé y que tosté y que herví y ahora colaba yo misma, con mis propias artríticas manos. «Este café que te sirvo es mi café, tiene algo mío, y te lo doy.» Y fue así que se lo tomó como quien se toma un filtro de amor, muy dispuesto al sacrificio.

Después llovió mucho y por muchos días, amanecía y con ello varios pájaros muertos esparcidos entre el jardín, la pileta del lavadero de ropa y el techo del excusado. Yo lloré porque se hizo de tarde y estaba perdida, lloré la misma cantidad fría y húmeda que llovía. Una vaca me dio un latigazo con su cola áspera y húmeda. Y fue precisamente eso lo que me hizo moverme y regresar a la casa. La verdad es que estaba perdida, por dentro y por fuera, si es que es posible estar así. El asunto es que, aunque yo sabía que él había muerto me parecía extraño que nadie me contestara y nadie me hablara cuando yo les servía el café. Era muy pero muy raro que nunca dejaba de llover y que una y otra vez yo soñaba que estaba sola y perdida en medio de una calle de lodo... y que una vaca... Otra vez y otra vez. Yo vi "El día de la marmota" y no me parecía una historia divertida, aunque la filosofía puede habitar hasta en el cerebro de una puta sifilítica (Nietzsche). Escribí un poema "Animal Inédito" le puse, reflexionando sobre el animal, el filósofo y mi propio miedo. Luego levanté el mar con mi dedo índice y vi que al otro lado de mi sueño recurrente había un libro que tenía el título que yo había inventado y que revelaba mi fecha de vida y muerte. Hasta ese día comprendí que morir es algo asquerosamente amodorrante, tan común y corriente que me ha hecho perder el gusto por el café colado.
(Continuará)