domingo, 30 de enero de 2011

Crónica de una autora autoinventada[*]

Por María del Carmen Pérez Cuadra

http://animalinedito.blogspot.com

Recuerdo que para la época de la revolución, entre 1981 -1990 yo tenía claro que debía estudiar alguna carrera en la universidad, el problema es que no tenía la más remota idea de cuál podría ser. Mi mamá quería que estudiara medicina y mi papá ingeniería o algo de administración de empresas. Pero yo, al descubrir un artículo del Suplemento Cultural Ventana, en el que entrevistaban a Franz Galich, y que me informaba de la existencia de la carrera de Arte y Letras en la Facultad de Humanidades de la UCA, tomé la decisión de que Arte y Letras sería mi primer opción y luego cualquier otra.

Una semana más tarde salí por primera vez, sola y en bus, fuera de Jinotepe, ya que era en Granada donde me correspondía hacer unas filas infinitas para los trámites de ingreso. Al final los resultados fueron buenos, clasifiqué en mi primera opción por dos razones: mi promedio y el hecho de que a nadie le interesaba la carrera.

En mi familia, lados paterno y materno incluidos, nadie, absolutamente nadie se había interesado antes por la literatura, es más, la mayor parte de mis familiares ni siquiera habían aprobado la primaria. Los empleos que marcaban nuestra clase social eran los de empleada doméstica, cocinera de casa particular, albañil, vendedores de lotería, vendedores ambulantes, meseros, dueñas de pulpería o cuidadores de hacienda cafetalera, por ejemplo. Sin embargo, algo muy curioso es que varios de estos empleos habían sido desempeñados en casas de gente muy poderosa de Nicaragua, desde dueños de emporios económicos que todavía existen, intelectuales destacados, hasta presidentes. Entre la más cercana generación se graduó un maestro que no llegó a ejercer. Con el impulso de la revolución mi mamá se sintió motivada a continuar sus estudios hasta que en los 90’s se graduó de enfermera. Mi papá lo intentó pero no pudo terminar el bachillerato, ya era muy pesado para él pues trabajaba de albañil en Managua y solo el trayecto hacia Jinotepe lo agotaba. No era fácil.

En nuestra casa, que era un cuarto más o menos grande dividido en dos partes, sin puertas y con un bajarete que hacía de cocina, no había lugar para “la biblioteca”. Era una cosa bastante ridícula pensar en una, si no teníamos más que un televisor en mal estado como contacto cultural con el mundo. Sin embargo, ya que mi papá era militante del FSLN recibía como regalo en aquella época libros de Sergio Ramírez o de Tomás Borge (¡autografiados!) y esas fueron mis primeras lecturas serias. Luego, mi ventana al mundo era el Diario Barricada. Y “Ventana” me parecía genial, para mí llegar a ser una autora digna de publicar en ese suplemento cultural era como una cosa soñada.

En Jinotepe, en esa época existía y abría sus puertas muy raquíticamente la Biblioteca Rotaria que hoy es la Biblioteca Municipal Margarita Gómez Espinoza y trabaja en ella la misma señora con la misma abnegación y amor de siempre. Lo lamentable es que en la actualidad el lugar todavía padece la misma pobreza y abandono de la gente que sí tiene recursos pero que prefiere invertir en otras cosas en lugar de crear fondos o proyectos que beneficien a la biblioteca o que promuevan una cultura lectora entre los más jóvenes.

Recuerdo con tristeza el cierre de la Editorial Nueva Nicaragua, y cómo muchos de mis compañeros de clase iban a recoger libros de la literatura universal tirados en el basurero que era lo que quedaba de la magnífica editorial. Yo leí a Cortázar y Shakespeare por primera vez gracias a lo accesible que era adquirir un libro de la Nueva Nicaragua.

Algo muy importante que ocurrió y que marcó mi formación, fue que cuando estudiaba secundaria, me dediqué a escribir una especie de diario en mi cuaderno de matemáticas y mi mamá se puso furiosa cuando descubrió que ya no tenía cuaderno, que yo había desperdiciado ese, ese que significaba mucho porque le había costado tanto que solo ella sabía cuánto. Lloré lo justo. Entendí que yo no tenía derecho a gastar mis cuadernos, que no eran de marca ni especiales ni realmente caros, sino que eran únicos, eran aquellos, esos, los que a mi mamá y a mi papá les había costado tanto comprarme. Entonces decidí buscar un empleo para comprar mis propios cuadernos. Me presenté en un hotel porque quería ser cajera, pero yo no lucía como la cajera ideal, era torpe, muy introvertida (“mostrenca” me decía uno de mis jefes) y para colmo demasiado indígena, y no era conveniente que yo diera la cara por el hotel. Total, me dio una felicidad inmensa cambiarme a estudiar en turno nocturno para entregarme a trabajar como mucama en el Hotel de Jinotepe. De día trabajaba y de noche estudiaba el bachillerato.

Creo que un dato que no puedo pasar por alto, en ésta mi crónica-autobiográfica, es que vengo de familias divididas políticamente y eso también me marca, es algo que forma parte de mi constitución como ciudadana y escritora, es algo mío, es mi experiencia. Vi como llegaban al barrio los camiones IFAS cargados de ataúdes metálicos con los cuerpos destrozados de vecinos y parientes de dieciocho años, pero también vi cómo mi abuela analfabeta aprendía con orgullo a escribir su nombre después de toda una vida de ignorancia y marginalidad, el acto simbólico de aprender a escribir su nombre me parecía magnífico, ya nunca jamás nadie ningún otro escribiría su nombre en lugar de ella misma.

En 1989 clasifiqué en la carrera que había soñado y conocí a Franz Galich en persona y resultó ser un oportuno maestro, motivador y amigo, y conocí también a la Dra. Barbara Dröscher (representante del DAAD), quien junto a Galich nos enseñó con mucha locura y amor a entender que estábamos llamados a ser “científicos literarios” como nos lo decía Barbara en su acento alemán, y junto a Leonel Delgado, Elizabeth Ugarte, Sylvia Trussen, Alba Obando, Miguel Ayerdis, así como otros compañeros que se fueron sumando (puedo recordar ahorita cuando se integró Helena Ramos) fundamos un círculo de crítica e investigación literaria que llamamos el “Seminario Permanente de Investigación de Literatura Centroamericana”, porque necesitábamos nombrar lo que hacíamos. Para entonces los estudios literarios centroamericanistas estaban naciendo, ahora tienen mucha fuerza y posicionamiento.

Con miedo pero mucho entusiasmo publicamos en El Ángel Pobre (la revista y órgano oficial del seminario) los resultados de nuestras discusiones e investigaciones, de las que creo que aprendimos más que de la educación formal que nos ofrecía nuestra alma mater porque leímos a Barthes, Adorno, Walter Benjamín, Ángel Rama, Fredric Jameson, Mijaíl Bajtín, Ileana Rodríguez, Fernández Retamar, Benedict Anderson y muchos otros que no estaban en el pensum oficial. Nuestros primeros ensayos aparecieron en esa revista y los hicimos bajo la dirección de Bárbara, Franz y luego de Werner Mackenbach. A ellos les presentamos nuestras primeras ponencias científicas y a veces nuestras primeras creaciones literarias.

En los años noventa participamos en congresos de literatura centroamericana fuera de Nicaragua, sin el apoyo económico o reconocimiento académico de nuestra universidad (UCA). El seminario era como un mundo paralelo pero en otra dimensión de realidad. Creo que en la actualidad algunos miembros del seminario ya recorrieron Centroamérica con sus ponencias, es una lástima sí que seguimos activos todavía sin tener academia física que nos reclame. Algunos han ido más lejos, como Leonel Delgado, mi esposo, que actualmente es catedrático de la Universidad de Chile.

Más tarde algunos miembros del seminario nos integramos al taller de narrativa que impartía Lizandro Chávez Alfaro de quien recuerdo algunas anécdotas. Al parecer a él lo abrumaba la multitud de jóvenes gamberros que se apostaban en la entrada del auditorio Amando López, que era donde él impartía su taller. Cuando él llegaba, esos estudiantes (que no estaban en su curso) no le daban ni lugar para entrar, era como que no lo miraban, se reían, fumaban, bromeaban y él al tratar de reprenderlos, un día de tantos en que agitó su bastón, se cayó, y el grupo universitario en lugar de ayudarlo se reía de manera exagerada. Él se levantó orgulloso y altivo, pero tuvo el cuidado de propinar algún buen bastonazo a quien estorbaba a su paso. Quizá ese evento tuvo que ver con el de la respuesta que le dio ese día a una de las talleristas. Sucede que una de las alumnas, una señora bastante mayor en relación a nosotros y de aspecto ejecutivo: con blazer, collares elegantes, pelo suelto y falda étnica, con insistencia le hacía la misma pregunta una y otra vez durante cada encuentro, y él siempre la esquivaba, hasta que llegó el día en que ella le exigió una respuesta y él le contestó muy enojado, casi jalándose los cabellos: “¿Pero quién le ha dicho a usted que la literatura se hizo para volverse famoso? ¡No, señora, la literatura se hizo para sufrir!”. Ahora que veo esta escena con distancia comprendo que Chávez quería darnos la misma lección que hay en la frase célebre de Truman Capote: “Cuando Dios te da un don, también te da un látigo”.

Casi al final de la carrera, un grupo de compañeros, liderados por Marlon Amador y Leonel Delgado Aburto, inventamos un programa de televisión dedicado al arte y la cultura que titulamos “Espacios” porque eso era lo que queríamos abrir, nuevos espacios para nuevos enfoques que en ese momento creíamos que solo nosotros podíamos ofrecer, nos endeudamos pero nos dimos el gusto de luchar por nuestros sueños, no teníamos nombre famoso, no teníamos apellido de alcurnia y por nuestra extracción social no habíamos crecido en cunas preocupadas por tejerse una red de relaciones que nos permitiera pedir ayuda en el lugar adecuado. Eso sí, afortunadamente contamos con el apoyo fundamental de la entonces decana de la Facultad de Humanidades Vida Luz Meneses, que también apoyaba la idea del Seminario Permanente pero lamentablemente terminó su periodo cuando nosotros empezábamos. Nadie más se interesó en nuestros proyectos.

Luego de ser una de las presentadoras de nuestro programa de TV vinieron muchas experiencias y empleos; docente, empleada doméstica, ama de casa (lo cual era una verdadera novedad para mí), me gradué como máster en Literatura Hispanoamericana en la misma universidad que estudié Arte y Letras, y luego viví una temporada en Estados Unidos mientras mi esposo estudiaba un doctorado en estudios latinoamericanos, y fue entonces que me convertí con más conciencia en escritora de medio tiempo. Para mí fue como una estancia creativa, leí simultáneamente a Gilles Deleuze y Félix Guattari, Foucault, KumKum Sangarí, Julia Kristeva, Ileana Rodríguez, Ángel Rama, Grínor Rojo, Doris Sommer, Jean Franco como a los autores norteamericanos desde Truman Capote y Raymond Carver hasta Sandra Cisneros, J. K. Rolling, y autores latinoamericanos desde Sor Juana hasta Ana MaríaRodas, Carmen Naranjo, Claudia Hernández, Horacio Castellano Moya y otros, así es que como se ve no tenía propiamente una línea de lectura, simplemente leí lo que no podía leer en la biblioteca de mi pueblo. Después vinieron otras experiencias y otros lugares, en fin un cúmulo de situaciones en las que fui desarrollando y cultivando mis ideas e intereses literarios y mi vocación por la docencia y la escritura.

Ser escritora para mí ha significado un oficio solitario y dolido. Solitario porque para crecer y alimentarse no hay más remedio que leer (a solas y en soledad) y mucho más para alguien que no viene de una tradición literaria y que no cuenta con la bendición oficial (mucho menos consanguinidad) de un grandote de las letras nacionales; y dolido porque no es fácil escribir en medio de tantas carencias y necesidades a cuestas. Algo de eso hay en el nombre de mi primer libro de narraciones cortas que ganó el Premio Centroamericano Rafaela Contreras en 2004, porque lleva por título “Sin luz artificial”, y ese ha sido felizmente un trabajo que al ser incluido en antologías como Huellas ignotas. Antología de cuentistas centroamericanas (Vol. II. San José, Costa Rica: EUNED, 2009) de Willy Muñoz, El futuro no es nuestro (Argentina: Eterna Cadencia, 2009) de Diego Trelles Paz, y Schiffe aus Feuer, [antología de narrativa latinoamericana contemporánea] compilada por Michi Strausfeld (Frankfurt: Fischer S. Verlag, 2010) ha llevado mi narrativa fuera de Nicaragua y le ha permitido llegar hasta un público más amplio como el de Costa Rica, Guatemala, Argentina, Bolivia, Chile, Alemania y próximamente Estados Unidos, Hungría, Cuba y los países del ALBA.

En los últimos años he trabajado principalmente como docente, he dado clases en primaria, secundaria y en la universidad. Recientemente dejé mi empleo en el American Nicaraguan School para venirme a Chile. Ahora vivo en Santiago, y estoy dedicada plenamente a la escritura, en este momento trabajo simultáneamente varios proyectos: dos colecciones de narraciones y poesía para niños, un nuevo libro de narraciones, dos libros de poesía y mi primera novela. Pienso que a finales de año, después de haber revisado todo el material, voy a buscar una editorial que publique mi trabajo para luego darme unas cortas vacaciones porque he trabajado intensamente y en medio de golpes brutales como el fallecimiento de mi tía Adela Cuadra y de mi abuelo paterno, y el trauma del terremoto del 27 de febrero que fue con lo que nos recibió Chile. Estar lejos de la patria le da un énfasis especial a este tipo de circunstancias.

Hay autoras nicaragüenses fundamentales, Rosario Aguilar, Gloria Espinoza de Tercero así como María Gallo que he leído con humildad y deseo de aprender porque tienen un trabajo rico y mucho que enseñar con respecto a técnicas narrativas. De las tres con quien he estado más de cerca vivencialmente es con María Gallo, ella es una persona muy interesante porque el arte y el talento se le salen por los poros, es una artista auténtica, completa. Una vez leyó en clases un fragmento de una obra de teatro, no recuerdo cuál, ni sé si ella misma se acuerda pero para mí fue inolvidable verla interpretar un personaje, ella no lo interpretaba, lo vivía y enriquecía. Creo que esa característica personal marca como con un sello su novela Entre altares y espejos (Managua: CNE/ANE/NORAD, 1a.ed. 2000), porque su narrativa no es una cosa que le costó inventar o que viene de un modelo determinado que se concentre en el mercado sino que se trata de algo que le costó vivir, su escritura es una cosa viva que sabe entrar en diálogo con el que la esté leyendo.

Además de las aludidas puedo mencionar autoras recientes con las que comparto mucho más de lo que ellas se puedan imaginar, que he leído y que considero talentosas, y que espero no abandonen su interés por la narrativa, como Patricia Delgadillo, Patricia Belli, Cynara Michelle Medina y Marisela Quintana y las más jóvenes: Eunice Shade o Chrisnel Sánchez para citar a las que están publicando, sé que hay muchas otras que están escribiendo pero que todavía no conozco. La Revista ANIDE ha hecho un gran trabajo sacando del anonimato a muchas narradoras nicaragüenses talentosas como Elioconda Cardoza y Yolanda Rossman, por ejemplo.

Tanto ANIDE como el CNE están haciendo un trabajo formidable al crear e impulsar talleres de creación narrativa que están dando a conocer nuevos nombres y propuestas. Esperemos que entre ellos comiencen a distinguirse más nombres de mujeres narradoras.

Escribí esta breve crónica autobiográfica a petición de Angelita Saballos, a quien admiro tanto que no puedo decirle que no. Y espero que estas líneas se lean como un autoexamen, algo superficial, es cierto, pero que constituye parte de la realidad que le ha tocado vivir a una de las autoras menores (no de edad) de la narrativa nicaragüense.

A continuación les ofrezco una bibliografía básica de autoras que hay que leer, porque el trabajo que están haciendo habla muy bien de la narrativa de mujeres de Nicaragua y Centroamérica en nuestros días.


BIBLIOGRAFIA RECOMENDADA

Patricia Belli

NARRACIONES EN ANTOLOGÍAS

“Cicatrices”. Cicatrices. Ed. Werner Mackenbach. Managua: Anamá Ediciones, 2004.

EN REVISTAS

“El hechizo”. Artefacto Números 12-13. Octubre 1995-Enero, 1996.

“Espejos”. Artefacto Número15. Septiembre-Diciembre, 1998.

“Decálogo”. Artefacto Número 20. Septiembre-diciembre, 2002.

Elioconda Cardoza

Cuentos de retazos de amor y de tiempo. Managua: Ediciones Distribuidora Cultural, 2002.

Patricia Delgadillo

NARRACIONES EN ANTOLOGÍAS

“El apresurado”. Cicatrices. Un retrato del cuento centroamericano. Compilador, Werner Mackenbach. Managua: Anamá Ediciones, 2004.

Cynara Michelle Medina

Polvo de ángel. Managua: Ediciones 400 Elefantes, 2002.

Marisela Quintana

5 cuentos sin consuelo y uno por encargo. Managua: Universidad Nacional de Ingeniería, 1994.

Cuentos de hombres sobre mujeres. Managua: Universidad Nacional de Ingeniería, 1997.

Simples asuntos femeninos. Managua: Universidad Nacional de Ingeniería, 1999.

EN ANTOLOGÍAS

“Se busca un exorcista”. Una narrativa flotante. Mujeres cuentistas nicaragüenses. Eds. Carlos Midence y Milagros Urbina. Managua: Amerrisque, 2007.

EN REVISTAS

“El nuevo nombre de soledad”. ANIDE. Año 4. Número 10. Diciembre (2005): Págs. 36-37.

Ángela Saballos

El triángulo de la Chela (Relatos de Amores y de Muertes)/1a edición, Managua, Centro Nicaragüense de Escritores, 2010

Chrisnel Sánchez Argüello

EN REVISTAS

“La soledad es una puta de ojos claros y vestido fosforecente.” El hilo azul. Año1. Número1 (2010): págs. 28-29.

Eunice Shade

El texto perdido. Managua: Amerrisque, 2007.

EN ANTOLOGÍAS

“Metempsicosis en otoño”. Una narrativa flotante. Mujeres cuentistas nicaragüenses. Eds. Carlos Midence y Milagros Urbina. Managua: Amerrisque, 2007.

NARRADORAS NICARAGÜENSES Y CENTROAMERICANAS PUBLICADAS EN ANIDE EN FECHAS RECIENTES

Año 5, Edición N° 11 / enero - abril 2006

Cecilia Ruíz de Ríos - “Karim Aldana”

Alejandrina Gutiérrez – “Conflicto ecológico” /COSTA RICA

Año 5, Edición N° 12 / mayo - agosto 2006

Débora robb – “Cayo Doreth”

Amelia Barahona – “¡Goooool!”

Año 5, Edición N° 13 / sept. - dic. 2006

María Lourdes Pallais –“Prisionera de mi tío” (fragmento)

Ángela Saballos – “I want hold your hand”

Eunice Shade – “Obituario para Rizú”

Gloria Melania Rodríguez – “Fijarse en la muerte” – “Thriller convincente”

Lety Elvir - Alitas de pollo /HONDURAS

Año 6, Edición N° 14 / enero - abril 2007

Eunice Odio – “Carta 2” (fragmento) / COSTA RICA

Luz María de la Cruz Redon - Los proscritos / COSTA RICA

Año 6, Edición N° 15 / mayo - agosto 2007

Alondra Badano – “El muerto es mío”/ PANAMÁ

Melanie Taylor – “El zócalo azul”/ PANAMÁ

Patricia Delgadillo – “Business affair”

Eyra Harbar – “El árbol” / PANAMÁ

Año 6, Edición N° 16 / sept. - dic. 2007

Amelia Barahona – “Y se abrieron los cielos”

María Guadalupe Lacayo – “San Jerónimo”

Martha Cecilia Ruíz – “Lucky, mi amiga de jardín”

Andira Watson - “La carta”

Gloria Palacios Mora – “Zoólógico andante” / “Todo un hombrecito”

Año 7, Edición N° 17 / enero - abril 2008

Carmen Naranjo – “Simbiosis del encuentro” / COSTA RICA

Claudia Hernández – “Manual del hijo muerto” / EL SALVADOR

Cecilia Ruíz de Ríos – “La laguna en mi olvido”

Elioconda Cardoza – “La marca del Ángel”

Hannia Zelaya – “Noche de paz”

Martha Elena Cerda Muñoz – “La Mocuana revivida”

Año 7, Edición N° 18 / mayo - agosto 2008

Rafaela Contreras de Darío – “Mira la oriental o la mujer de cristal” /COSTA RICA-EL SALVADOR

Ana Chavarría – “Los piratas de Shakespeare”

Yolanda Rossman – “Ifigenia despojada”

Ana María Rodas – “No hay olvido” / GUATEMALA

Año 7, Edición N° 19 / sept. - dic. 2008

Tatiana Lobo – “Después del apocalipsis” (cuento)/COSTA RICA

Layhing Siu Bermúdez - Fragmento de la novela Caminando sobre papel de arroz

Conny Palacios - Fragmento de la novela Naraya

Año 8, Edición N° 20 / enero - junio 2009

Priscilla Sevilla – “Ángel en la tierra”

Emma McGregor – “La pesadilla de Rubén”

María Roberta Mejía – “Persea”

Año 8, Edición N° 21 / julio - dic. 2009

Yolanda Rossman – “Herencia ancestral y La maldición de Morfeo”

Miriam Rojo – “Locura en calma aparente”

Año 9, Edición N° 22 / enero - junio 2010

Rosario Aguilar – “Día de Mercedes a Ritmo de Mambo Rock”

Martine Drayfus – “Sus ojos”

Ángela Saballos – “El retrato”



[*] Este escrito es una versión del original aparecido en la Revista ANIDE N0. 23.