miércoles, 1 de agosto de 2012

En la avenida

Señor, ¿necesita ayuda? le digo. No, gracias, contesta. ¿Está seguro?, insisto. Sí, responde. Lo vi: alto, blanco y flaco, de cabellos blanquísimos… lloraba. Lo dejé solo. No sabía cómo cruzarse la avenida y tampoco quería aceptar mi ayuda. Avancé unos cincuenta metros, pero la brújula de la conciencia me detuvo y me haló hacia el desconocido. Papá, le digo. Soy yo ¿acaso te has olvidado de mí? Y el anciano por fin levanta la vista, extrañado. Vas a estar bien papá, le dije, vamos, cruza conmigo, te invito un helado. Y el hombre se dejó llevar sin dejar de mirarme.