jueves, 27 de noviembre de 2008

Había una vez una mujer

Cansada de leer y contar pobrezas

Despertó. Eso dijo:

«Para ver con sus manos al mundo»

Parecía simple.

Abandonar el sexo

Renunciar a la sangre

Derrumbar vaginas dentadas, labios babosos de deseo

Y erectos campos de placer

A cambio del autoconocimiento

El antiguo y olvidado cuidado de sí

Que implica el amor a los otros

Ese día la mujer renunció a mirar al mundo

Con aquel único ojo que le habían enseñado a usar

Un ojo voluptuoso con grandes pestañas oscuras cargadas de misterio y deseo…

Con un apetito infinito por la vanidad

Aprendió a usar su otro ojo

El ojo herido, el ojo desenfocado, el ojo que por defecto

Completa la visión globalizante con conocimientos prehistóricos

Y es que la prehistoria es lo que existe antes del texto.

Este es apenas un pretexto.

Ojalá, espero con ansias

Que escriba un joven, una joven

Sus primeros postextos.