jueves, 22 de diciembre de 2011

El microchip*


I see the girls walk by dressed in their summer clothes
I have to turn my head until my darkness goes
Rolling Stone
En el aeropuerto de aquí las cosas no estaban bien. Hicimos demasiadas filas y los guardas de seguridad nos registraban más detenidamente a medida que nos acercábamos a nuestro destino final. En el aeropuerto internacional de Miami nos recibieron unos policías con acento árabe y me despojaron de mis pinzas para depilar y de una para cortarme los callos «Cosas de seguridad».
Una mujer rubia me apuntó con un aparato extraño, como no estaba acostumbrada a viajar aquello me pareció “normal”. Unos oficiales de gafas oscuras hablaron quedito como si discutieran un secreto importante, pero se reían maliciosamente. Pensé que tal vez si yo fuera rubia y terrorista me tratarían bien, pero como soy una extranjera con la piel café me trataron como delincuente. Bueno, lo que sea con tal de llegar a tiempo a clases.
Cuatro meses después ocurrió algo extraño. Comencé a sospechar que el espejo de mi baño estaba de alguna manera conectado con un sistema que les permitía, no sé a quién, vigilarme a toda hora, incluso cuando estaba defecando, orinando, o lavándome los dientes. Después mi psicosis hizo que tapara con un trapo negro el televisor, por si había allí alguna cámara escondida. Luego me encargué de revisar el techo, las bujías y hasta los libros porque al regresar ya no recordaba haberlos dejado en la posición en la que los encontraba.
Cambié las cerraduras del apartamento y empecé a desconfiar de los detectores de humo. Estaba segura de que me seguían a todas partes.
Una mañana de diciembre desperté súbitamente, alguien acababa de salir de mi habitación, un ladrón o un espía. Ahora sí estaba nerviosa.
Desesperada llamé por teléfono a mi marido para decirle de una vez por todas lo que sospechaba, él me escuchó atento, luego dejó pasar casi un minuto de silencio para decirme con toda seriedad que yo estaba en intertexto con "The Truman Show", y que esa película a él caía mal porque era la peor actuación de Jim Carey. Fue la primera vez que vino a mi mente la sensata idea del divorcio.
Esa tarde unas niñas gamberras afroamericanas me atacaron en el bus con bolas de nieve. Yo no pude decirles nada, si ni la gente blanca se animaba a ponerlas en su lugar, por miedo a exteriorizar su racismo travestido. Bueno, gamberra es gamberra, las aguanté.
Al día siguiente tuve mucho cuidado de no toparme con las niñas. Pero me encontré con un sujeto extraño que llevaba un objeto oculto en las bolsas de su chaqueta. Subió casi detrás de mí. Lo observé disimuladamente, era alto, blanco, ojos azules, de cejas y pestañas de un color rubio plata, llevaba un corte tipo cepillo pero en versión anticuada y gafas color humo. Me seguía.
En el bus trató de pegarse a mí, tanto que me dio miedo. Aunque él usaba un perfume delicioso y tenía una presencia a lo Brad Pitt, me retiré al fondo, hasta un punto en que todos notarían si ese hombre me estaba acosando. Mi corazón agitado me decía que aquello no se trataba de sexo. Tuve ganas de gritar, vomitar o de orinarme en la ropa.
Cuando regresé a mi apartamento mis dientes castañeaban y mis manos no se bastaban para buscar la llave y sostenerla para abrir la puerta, ni siquiera podía encender un cigarrillo, estaba segura de que alguien me estaba esperando.
No encontré a nadie. Encendí todas las luces y fui a hacer pis, después de ponerle spray negro al espejo. Seguramente tenían intervenido mi correo electrónico, mis tarjetas de rebaja en el supermercado, mis tarjetas de crédito... ¡todo! A lo mejor mi esposo no era mi esposo y mi casa ya no era mi casa…
Aquello no era lógico, sin embargo algo dentro de mí aseguraba que no se trataba de mi torpe imaginación. Cuando el líquido amarillo sucio de mi infección renal crónica salía de su orificio sentí un dolor raro en uno de los labios vaginales, me sequé bien y me puse de cuclillas en el piso. Con el auxilio de un espejo de aumento y una lámpara de mano me revisé. Una especie de pelito metálico se me enterraba en la carne. Tomé una pinza y lo extraje. Lo estudié con una lupa. Todo indicaba que se trataba de la punta de un microchip en forma de aguja.
Entonces pensé que me lo habían puesto en aquel aeropuerto. Se equivocaron y me lo dispararon mal, entonces grité hacia la parte más redonda de aquella cosa:
«―¡Hijos de las mil putas, mal paridos! Me vigilan e invaden mi privacidad sólo porque no me parezco a ustedes ¡Pero esto lo va a saber el mundo entero!»
Por eso publiqué mi queja en un diario local. Desde entonces se hizo famoso mi «cuento» porque nadie creyó que yo estuviera diciendo la verdad. ¿No te parece una injusticia?





*Nota: yo había borrado este escrito del blog, pero hoy me arrepentí así que lo regreso a su sitio.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Un carro de marca

La primera vez que vi a una persona vieja, pero vieja de verdad fue cuando me llevaron a despedirme de mi bisabuela Eleonora. Tendría ella unos 110 años, y yo unos seis. La bisabuela se moría y quería verme a mí, su única bisnieta. Cuando entré vi a la abuela como lo que era, un cadáver viviente, su piel colgaba sin ninguna gracia sobre unos huesos que casi se podían distinguir entre los cueritos traslúcidos de su piel. La cuenca de los ojos eran dos aureolas oscuras con un botón negro del que irradiaba una luz casi apagada. Sus venas azules me impresionaron mucho porque parecían telarañas de desgracia, la piel de las manos lucía cubierta de manchas como de hongos en un árbol viejo. Después me pusieron el mejor vestido, y fui la encargada de cerrarle los ojos y ponerle la cruz de madera en el pecho. La abuela había dado todas las indicaciones que tenían que ver con sus honras fúnebres, y yo estaba entre sus planes. Maquillada, con un peinado español muy elegante que cerraba en una moña sujeta con peinetas plateadas, parecía una extensión nacarada de su pelo rubio plata. Las cejas estaban depiladas y suavemente marcadas con lápiz color humo, había un rubor más bien pálido en sus mejillas, un rojo sobrio en sus labios delgados, y mucho rímel en sus pestañas. La vi como lo que era, como alguien a quien yo no quisiera tener que enterrar y a alguien que también me daba miedo.

Ahora me siento muy cerca de ese recuerdo, veo en el verde musgo de mi propia mirada, la mirada de ella, y en mis venas con piel manchada y arrugada, la piel de ella. Cuánto nos parecemos abuela, cuánto.

Cuando me levanté esta mañana lo primero que dije fue: «¡Mierda!» porque no tenía nada más armónico qué decir. Quizá fue una equivocación, quizá fue un pecado inevitable, pero es que se me están socavando los nervios. Hace ya casi seis meses que me quitaron el empleo, no lo perdí, me lo quitaron porque una mujer como yo no puede ser la recepcionista de una clínica de cirugía estética durante toda su vida. Me quitaron el trabajo porque la amante de mi jefe necesitaba estar cerca de él. Yo lo sospeché, aunque estoy vieja tengo todos mis sentidos en forma, cuando me llamó mi jefe temblaba. Claro, yo sabía, aunque es un explotador tiene su corazoncito, y por eso estaba nervioso, no era fácil decirle a la empleada más antigua del centro de belleza Le Sanson, que van a prescindir de sus servicios, sabiendo que es la más puntual, la que nunca falta aunque esté enferma, la primera en llegar y la última en salir, la que siempre está dispuesta aunque el día sea feriado. Al principio no estaba segura si rogarle que me diera otro trabajo aunque fuera humilde, limpiando donde nadie me viera, o aceptar apaciblemente el despido. Pero se me salió lo poco que heredé de la bisabuela Eleonora: «No se preocupe señor Roberto, le dije, si yo sé para qué me cita. El asunto es que yo ya estoy cansada y quiero jubilarme. Quiero usar mis ahorros para disfrutar de la vida y hacer lo que siempre he querido, comprarme un carro de lujo y recorrer el país.»

El señor Roberto me vio entre sorprendido y aliviado. «¿Y le va a alcanzar con su liquidación, señora Carmen?»

La verdad es que yo pensé que sí, pero no me ha servido ni para pagar a tiempo los gastos comunes. De todas formas me iba a despedir, eso estaba claro. era mejor que yo me fuera. Con lo que me dieron pude apenas iniciar un negocio comprando carteras usadas para revenderlas. No era fácil conseguir clientas, sobre todo porque mis amistades no solían comprar ese tipo de accesorios de baja categoría.

Tengo frío, el invierno y la artritis se me están comiendo los huesos y yo no tengo ni un centavo para pagar el gas. Anoche soñé que toda mi desgracia era un sueño, me pellizqué varias veces, pero como no dio resultado di un cabezazo contra la pared, y hoy amanecí así, por eso dije lo que dije y así inauguré mi día, con un hematoma en la frente y un color azulado en el ojo izquierdo.

Antenoche fui al cumpleaños de Sonia, limpié lo mejor que pude la única cartera decente que me quedaba para vender, la envolví y se la llevé de regalo. Todavía no entiendo por qué lo hice, si ella me ve así como estoy y ni me pregunta nada. Ha visto que estoy sola, que tengo casi setenta años, que ahora sin trabajo no tengo mucho futuro. «¡Gracias mamita, eres muy linda!», eso fue todo lo que me dijo. Yo la abracé, y al sentir su perfume, y el olor a nuevo que emanaba de toda ella, como que me sentí consolada.

―¿Abuelita, por qué no hay luz en tu casa? Me preguntó Andrea.

―Es que con la edad hasta la luz me molesta, le respondí.

Después me regresé a mi casa con la ligera esperanza de que al menos me atropellara un carro de buena marca.

sábado, 27 de agosto de 2011

ESTO NO ES POESÍA/DOS MUJERES, HABLAN

Todos los días busco un nuevo amante para después salir a la calle y contárselo a todos los que encuentro.

Mostrar la carne apetitosa si se puede,

descubrir la carne blanca y el cabello rubio

orgullos de la burguesía

de niña alfabetizada para ser liberada.

He dejado de usar sostenes pero los guardo porque no es fácil quemar buenas marcas en las que algún incauto puede caer hipnotizado.

¡Oh Victoria secreta! ¡Oh Vogue! ¡Oh Carolina, oh Lovable!

Orgullosa de mí misma, de ser mujer.

Ser mujer o ser una mujer.

Porque pies caminaron descalzos

y cabellos se vistieron de piojos en las escuelas públicas

y ahora cabezas ajenas vienen a lavar las caras

con sus aguas perfumadas.

—¡Deja de hacer remedos, mamá!—

Hay demasiados ratones muertos en la cocina,

los frijoles se agriaron

y el fuego de leña no arde

porque anoche cagaron demasiado

las gallinas que duermen en el comedor.

Las niñas malas nunca mueren

—Tampoco escriben buenos poemas—

Las niñas de escuelitas pobres

no aprenden a gobernar la nación

porque no es lo que se les enseña,

las otras niñas escriben: «Yo la Nación»,

si es todo lo que han aprendido.

sábado, 12 de marzo de 2011

Ms. Zua-Zua

Julio 28 del 2001

Ms. Malvina vino

con sus anteojos de marco negro grueso,

monita de pelo corto

y camisas de mangas

largas:

«Escriban sobre sus raíces indígenas»

Pasé largos meses buscando

en baúles y valijas olvidados,

les desgarré los fondos

y no hubo Tokonoma ni Aleph

que me devolviera un pelo de raíz,

al menos una pequeña pista.

Fue cuando busqué una basura en mi ojo derecho

valiéndome de un espejo… y allí

vi a una mujer ídolo azteca

«¿Pero vos sos esa figura!»

Entonces mis compañeras de clase

mitad irlandesas, mitad suizas, mitad alemanas,

encontraron sus raíces indígenas

en la forma y técnica del nacatamal.

Otras más atrevidas en visitas a la Costa Caribe.

«¡Oh, Ms. Malvina Zua-Zua!»

Cómo explicarle

que lo que dicta el espejo

no me constituye como usted supone.

El cincel que delineó mis rasgos

hace mucho tiempo que lee

en manual occidental.

No me debato señorita entre dos razas.

Solo tengo una herencia genética

y una cultura colonial.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Léase como carta de amor a mi amado que lee distraído

Léase como carta de amor a mi amado que lee distraído

No le hagas caso a la marca O positivo,

mejor siente el calor.

Hace mucho, tengo

una lata de conservas, sin abrir, en el pecho

que ha vivido engañada

funcionando como si fuera motor

ahora oxidado,

pero el verde natural

de los frijoles que crecen

en el refrigerador

no es suficiente.

Estar sujeta a este espacio

por un hilo de sangre coagulada

es un chiste que conduce a la tragedia.

Mejor hubieran

cajas vacías

que nunca jamás

corrieran el riesgo de incendiarse

si fuego fuera el amor

y caja una vida.

domingo, 30 de enero de 2011

Crónica de una autora autoinventada[*]

Por María del Carmen Pérez Cuadra

http://animalinedito.blogspot.com

Recuerdo que para la época de la revolución, entre 1981 -1990 yo tenía claro que debía estudiar alguna carrera en la universidad, el problema es que no tenía la más remota idea de cuál podría ser. Mi mamá quería que estudiara medicina y mi papá ingeniería o algo de administración de empresas. Pero yo, al descubrir un artículo del Suplemento Cultural Ventana, en el que entrevistaban a Franz Galich, y que me informaba de la existencia de la carrera de Arte y Letras en la Facultad de Humanidades de la UCA, tomé la decisión de que Arte y Letras sería mi primer opción y luego cualquier otra.

Una semana más tarde salí por primera vez, sola y en bus, fuera de Jinotepe, ya que era en Granada donde me correspondía hacer unas filas infinitas para los trámites de ingreso. Al final los resultados fueron buenos, clasifiqué en mi primera opción por dos razones: mi promedio y el hecho de que a nadie le interesaba la carrera.

En mi familia, lados paterno y materno incluidos, nadie, absolutamente nadie se había interesado antes por la literatura, es más, la mayor parte de mis familiares ni siquiera habían aprobado la primaria. Los empleos que marcaban nuestra clase social eran los de empleada doméstica, cocinera de casa particular, albañil, vendedores de lotería, vendedores ambulantes, meseros, dueñas de pulpería o cuidadores de hacienda cafetalera, por ejemplo. Sin embargo, algo muy curioso es que varios de estos empleos habían sido desempeñados en casas de gente muy poderosa de Nicaragua, desde dueños de emporios económicos que todavía existen, intelectuales destacados, hasta presidentes. Entre la más cercana generación se graduó un maestro que no llegó a ejercer. Con el impulso de la revolución mi mamá se sintió motivada a continuar sus estudios hasta que en los 90’s se graduó de enfermera. Mi papá lo intentó pero no pudo terminar el bachillerato, ya era muy pesado para él pues trabajaba de albañil en Managua y solo el trayecto hacia Jinotepe lo agotaba. No era fácil.

En nuestra casa, que era un cuarto más o menos grande dividido en dos partes, sin puertas y con un bajarete que hacía de cocina, no había lugar para “la biblioteca”. Era una cosa bastante ridícula pensar en una, si no teníamos más que un televisor en mal estado como contacto cultural con el mundo. Sin embargo, ya que mi papá era militante del FSLN recibía como regalo en aquella época libros de Sergio Ramírez o de Tomás Borge (¡autografiados!) y esas fueron mis primeras lecturas serias. Luego, mi ventana al mundo era el Diario Barricada. Y “Ventana” me parecía genial, para mí llegar a ser una autora digna de publicar en ese suplemento cultural era como una cosa soñada.

En Jinotepe, en esa época existía y abría sus puertas muy raquíticamente la Biblioteca Rotaria que hoy es la Biblioteca Municipal Margarita Gómez Espinoza y trabaja en ella la misma señora con la misma abnegación y amor de siempre. Lo lamentable es que en la actualidad el lugar todavía padece la misma pobreza y abandono de la gente que sí tiene recursos pero que prefiere invertir en otras cosas en lugar de crear fondos o proyectos que beneficien a la biblioteca o que promuevan una cultura lectora entre los más jóvenes.

Recuerdo con tristeza el cierre de la Editorial Nueva Nicaragua, y cómo muchos de mis compañeros de clase iban a recoger libros de la literatura universal tirados en el basurero que era lo que quedaba de la magnífica editorial. Yo leí a Cortázar y Shakespeare por primera vez gracias a lo accesible que era adquirir un libro de la Nueva Nicaragua.

Algo muy importante que ocurrió y que marcó mi formación, fue que cuando estudiaba secundaria, me dediqué a escribir una especie de diario en mi cuaderno de matemáticas y mi mamá se puso furiosa cuando descubrió que ya no tenía cuaderno, que yo había desperdiciado ese, ese que significaba mucho porque le había costado tanto que solo ella sabía cuánto. Lloré lo justo. Entendí que yo no tenía derecho a gastar mis cuadernos, que no eran de marca ni especiales ni realmente caros, sino que eran únicos, eran aquellos, esos, los que a mi mamá y a mi papá les había costado tanto comprarme. Entonces decidí buscar un empleo para comprar mis propios cuadernos. Me presenté en un hotel porque quería ser cajera, pero yo no lucía como la cajera ideal, era torpe, muy introvertida (“mostrenca” me decía uno de mis jefes) y para colmo demasiado indígena, y no era conveniente que yo diera la cara por el hotel. Total, me dio una felicidad inmensa cambiarme a estudiar en turno nocturno para entregarme a trabajar como mucama en el Hotel de Jinotepe. De día trabajaba y de noche estudiaba el bachillerato.

Creo que un dato que no puedo pasar por alto, en ésta mi crónica-autobiográfica, es que vengo de familias divididas políticamente y eso también me marca, es algo que forma parte de mi constitución como ciudadana y escritora, es algo mío, es mi experiencia. Vi como llegaban al barrio los camiones IFAS cargados de ataúdes metálicos con los cuerpos destrozados de vecinos y parientes de dieciocho años, pero también vi cómo mi abuela analfabeta aprendía con orgullo a escribir su nombre después de toda una vida de ignorancia y marginalidad, el acto simbólico de aprender a escribir su nombre me parecía magnífico, ya nunca jamás nadie ningún otro escribiría su nombre en lugar de ella misma.

En 1989 clasifiqué en la carrera que había soñado y conocí a Franz Galich en persona y resultó ser un oportuno maestro, motivador y amigo, y conocí también a la Dra. Barbara Dröscher (representante del DAAD), quien junto a Galich nos enseñó con mucha locura y amor a entender que estábamos llamados a ser “científicos literarios” como nos lo decía Barbara en su acento alemán, y junto a Leonel Delgado, Elizabeth Ugarte, Sylvia Trussen, Alba Obando, Miguel Ayerdis, así como otros compañeros que se fueron sumando (puedo recordar ahorita cuando se integró Helena Ramos) fundamos un círculo de crítica e investigación literaria que llamamos el “Seminario Permanente de Investigación de Literatura Centroamericana”, porque necesitábamos nombrar lo que hacíamos. Para entonces los estudios literarios centroamericanistas estaban naciendo, ahora tienen mucha fuerza y posicionamiento.

Con miedo pero mucho entusiasmo publicamos en El Ángel Pobre (la revista y órgano oficial del seminario) los resultados de nuestras discusiones e investigaciones, de las que creo que aprendimos más que de la educación formal que nos ofrecía nuestra alma mater porque leímos a Barthes, Adorno, Walter Benjamín, Ángel Rama, Fredric Jameson, Mijaíl Bajtín, Ileana Rodríguez, Fernández Retamar, Benedict Anderson y muchos otros que no estaban en el pensum oficial. Nuestros primeros ensayos aparecieron en esa revista y los hicimos bajo la dirección de Bárbara, Franz y luego de Werner Mackenbach. A ellos les presentamos nuestras primeras ponencias científicas y a veces nuestras primeras creaciones literarias.

En los años noventa participamos en congresos de literatura centroamericana fuera de Nicaragua, sin el apoyo económico o reconocimiento académico de nuestra universidad (UCA). El seminario era como un mundo paralelo pero en otra dimensión de realidad. Creo que en la actualidad algunos miembros del seminario ya recorrieron Centroamérica con sus ponencias, es una lástima sí que seguimos activos todavía sin tener academia física que nos reclame. Algunos han ido más lejos, como Leonel Delgado, mi esposo, que actualmente es catedrático de la Universidad de Chile.

Más tarde algunos miembros del seminario nos integramos al taller de narrativa que impartía Lizandro Chávez Alfaro de quien recuerdo algunas anécdotas. Al parecer a él lo abrumaba la multitud de jóvenes gamberros que se apostaban en la entrada del auditorio Amando López, que era donde él impartía su taller. Cuando él llegaba, esos estudiantes (que no estaban en su curso) no le daban ni lugar para entrar, era como que no lo miraban, se reían, fumaban, bromeaban y él al tratar de reprenderlos, un día de tantos en que agitó su bastón, se cayó, y el grupo universitario en lugar de ayudarlo se reía de manera exagerada. Él se levantó orgulloso y altivo, pero tuvo el cuidado de propinar algún buen bastonazo a quien estorbaba a su paso. Quizá ese evento tuvo que ver con el de la respuesta que le dio ese día a una de las talleristas. Sucede que una de las alumnas, una señora bastante mayor en relación a nosotros y de aspecto ejecutivo: con blazer, collares elegantes, pelo suelto y falda étnica, con insistencia le hacía la misma pregunta una y otra vez durante cada encuentro, y él siempre la esquivaba, hasta que llegó el día en que ella le exigió una respuesta y él le contestó muy enojado, casi jalándose los cabellos: “¿Pero quién le ha dicho a usted que la literatura se hizo para volverse famoso? ¡No, señora, la literatura se hizo para sufrir!”. Ahora que veo esta escena con distancia comprendo que Chávez quería darnos la misma lección que hay en la frase célebre de Truman Capote: “Cuando Dios te da un don, también te da un látigo”.

Casi al final de la carrera, un grupo de compañeros, liderados por Marlon Amador y Leonel Delgado Aburto, inventamos un programa de televisión dedicado al arte y la cultura que titulamos “Espacios” porque eso era lo que queríamos abrir, nuevos espacios para nuevos enfoques que en ese momento creíamos que solo nosotros podíamos ofrecer, nos endeudamos pero nos dimos el gusto de luchar por nuestros sueños, no teníamos nombre famoso, no teníamos apellido de alcurnia y por nuestra extracción social no habíamos crecido en cunas preocupadas por tejerse una red de relaciones que nos permitiera pedir ayuda en el lugar adecuado. Eso sí, afortunadamente contamos con el apoyo fundamental de la entonces decana de la Facultad de Humanidades Vida Luz Meneses, que también apoyaba la idea del Seminario Permanente pero lamentablemente terminó su periodo cuando nosotros empezábamos. Nadie más se interesó en nuestros proyectos.

Luego de ser una de las presentadoras de nuestro programa de TV vinieron muchas experiencias y empleos; docente, empleada doméstica, ama de casa (lo cual era una verdadera novedad para mí), me gradué como máster en Literatura Hispanoamericana en la misma universidad que estudié Arte y Letras, y luego viví una temporada en Estados Unidos mientras mi esposo estudiaba un doctorado en estudios latinoamericanos, y fue entonces que me convertí con más conciencia en escritora de medio tiempo. Para mí fue como una estancia creativa, leí simultáneamente a Gilles Deleuze y Félix Guattari, Foucault, KumKum Sangarí, Julia Kristeva, Ileana Rodríguez, Ángel Rama, Grínor Rojo, Doris Sommer, Jean Franco como a los autores norteamericanos desde Truman Capote y Raymond Carver hasta Sandra Cisneros, J. K. Rolling, y autores latinoamericanos desde Sor Juana hasta Ana MaríaRodas, Carmen Naranjo, Claudia Hernández, Horacio Castellano Moya y otros, así es que como se ve no tenía propiamente una línea de lectura, simplemente leí lo que no podía leer en la biblioteca de mi pueblo. Después vinieron otras experiencias y otros lugares, en fin un cúmulo de situaciones en las que fui desarrollando y cultivando mis ideas e intereses literarios y mi vocación por la docencia y la escritura.

Ser escritora para mí ha significado un oficio solitario y dolido. Solitario porque para crecer y alimentarse no hay más remedio que leer (a solas y en soledad) y mucho más para alguien que no viene de una tradición literaria y que no cuenta con la bendición oficial (mucho menos consanguinidad) de un grandote de las letras nacionales; y dolido porque no es fácil escribir en medio de tantas carencias y necesidades a cuestas. Algo de eso hay en el nombre de mi primer libro de narraciones cortas que ganó el Premio Centroamericano Rafaela Contreras en 2004, porque lleva por título “Sin luz artificial”, y ese ha sido felizmente un trabajo que al ser incluido en antologías como Huellas ignotas. Antología de cuentistas centroamericanas (Vol. II. San José, Costa Rica: EUNED, 2009) de Willy Muñoz, El futuro no es nuestro (Argentina: Eterna Cadencia, 2009) de Diego Trelles Paz, y Schiffe aus Feuer, [antología de narrativa latinoamericana contemporánea] compilada por Michi Strausfeld (Frankfurt: Fischer S. Verlag, 2010) ha llevado mi narrativa fuera de Nicaragua y le ha permitido llegar hasta un público más amplio como el de Costa Rica, Guatemala, Argentina, Bolivia, Chile, Alemania y próximamente Estados Unidos, Hungría, Cuba y los países del ALBA.

En los últimos años he trabajado principalmente como docente, he dado clases en primaria, secundaria y en la universidad. Recientemente dejé mi empleo en el American Nicaraguan School para venirme a Chile. Ahora vivo en Santiago, y estoy dedicada plenamente a la escritura, en este momento trabajo simultáneamente varios proyectos: dos colecciones de narraciones y poesía para niños, un nuevo libro de narraciones, dos libros de poesía y mi primera novela. Pienso que a finales de año, después de haber revisado todo el material, voy a buscar una editorial que publique mi trabajo para luego darme unas cortas vacaciones porque he trabajado intensamente y en medio de golpes brutales como el fallecimiento de mi tía Adela Cuadra y de mi abuelo paterno, y el trauma del terremoto del 27 de febrero que fue con lo que nos recibió Chile. Estar lejos de la patria le da un énfasis especial a este tipo de circunstancias.

Hay autoras nicaragüenses fundamentales, Rosario Aguilar, Gloria Espinoza de Tercero así como María Gallo que he leído con humildad y deseo de aprender porque tienen un trabajo rico y mucho que enseñar con respecto a técnicas narrativas. De las tres con quien he estado más de cerca vivencialmente es con María Gallo, ella es una persona muy interesante porque el arte y el talento se le salen por los poros, es una artista auténtica, completa. Una vez leyó en clases un fragmento de una obra de teatro, no recuerdo cuál, ni sé si ella misma se acuerda pero para mí fue inolvidable verla interpretar un personaje, ella no lo interpretaba, lo vivía y enriquecía. Creo que esa característica personal marca como con un sello su novela Entre altares y espejos (Managua: CNE/ANE/NORAD, 1a.ed. 2000), porque su narrativa no es una cosa que le costó inventar o que viene de un modelo determinado que se concentre en el mercado sino que se trata de algo que le costó vivir, su escritura es una cosa viva que sabe entrar en diálogo con el que la esté leyendo.

Además de las aludidas puedo mencionar autoras recientes con las que comparto mucho más de lo que ellas se puedan imaginar, que he leído y que considero talentosas, y que espero no abandonen su interés por la narrativa, como Patricia Delgadillo, Patricia Belli, Cynara Michelle Medina y Marisela Quintana y las más jóvenes: Eunice Shade o Chrisnel Sánchez para citar a las que están publicando, sé que hay muchas otras que están escribiendo pero que todavía no conozco. La Revista ANIDE ha hecho un gran trabajo sacando del anonimato a muchas narradoras nicaragüenses talentosas como Elioconda Cardoza y Yolanda Rossman, por ejemplo.

Tanto ANIDE como el CNE están haciendo un trabajo formidable al crear e impulsar talleres de creación narrativa que están dando a conocer nuevos nombres y propuestas. Esperemos que entre ellos comiencen a distinguirse más nombres de mujeres narradoras.

Escribí esta breve crónica autobiográfica a petición de Angelita Saballos, a quien admiro tanto que no puedo decirle que no. Y espero que estas líneas se lean como un autoexamen, algo superficial, es cierto, pero que constituye parte de la realidad que le ha tocado vivir a una de las autoras menores (no de edad) de la narrativa nicaragüense.

A continuación les ofrezco una bibliografía básica de autoras que hay que leer, porque el trabajo que están haciendo habla muy bien de la narrativa de mujeres de Nicaragua y Centroamérica en nuestros días.


BIBLIOGRAFIA RECOMENDADA

Patricia Belli

NARRACIONES EN ANTOLOGÍAS

“Cicatrices”. Cicatrices. Ed. Werner Mackenbach. Managua: Anamá Ediciones, 2004.

EN REVISTAS

“El hechizo”. Artefacto Números 12-13. Octubre 1995-Enero, 1996.

“Espejos”. Artefacto Número15. Septiembre-Diciembre, 1998.

“Decálogo”. Artefacto Número 20. Septiembre-diciembre, 2002.

Elioconda Cardoza

Cuentos de retazos de amor y de tiempo. Managua: Ediciones Distribuidora Cultural, 2002.

Patricia Delgadillo

NARRACIONES EN ANTOLOGÍAS

“El apresurado”. Cicatrices. Un retrato del cuento centroamericano. Compilador, Werner Mackenbach. Managua: Anamá Ediciones, 2004.

Cynara Michelle Medina

Polvo de ángel. Managua: Ediciones 400 Elefantes, 2002.

Marisela Quintana

5 cuentos sin consuelo y uno por encargo. Managua: Universidad Nacional de Ingeniería, 1994.

Cuentos de hombres sobre mujeres. Managua: Universidad Nacional de Ingeniería, 1997.

Simples asuntos femeninos. Managua: Universidad Nacional de Ingeniería, 1999.

EN ANTOLOGÍAS

“Se busca un exorcista”. Una narrativa flotante. Mujeres cuentistas nicaragüenses. Eds. Carlos Midence y Milagros Urbina. Managua: Amerrisque, 2007.

EN REVISTAS

“El nuevo nombre de soledad”. ANIDE. Año 4. Número 10. Diciembre (2005): Págs. 36-37.

Ángela Saballos

El triángulo de la Chela (Relatos de Amores y de Muertes)/1a edición, Managua, Centro Nicaragüense de Escritores, 2010

Chrisnel Sánchez Argüello

EN REVISTAS

“La soledad es una puta de ojos claros y vestido fosforecente.” El hilo azul. Año1. Número1 (2010): págs. 28-29.

Eunice Shade

El texto perdido. Managua: Amerrisque, 2007.

EN ANTOLOGÍAS

“Metempsicosis en otoño”. Una narrativa flotante. Mujeres cuentistas nicaragüenses. Eds. Carlos Midence y Milagros Urbina. Managua: Amerrisque, 2007.

NARRADORAS NICARAGÜENSES Y CENTROAMERICANAS PUBLICADAS EN ANIDE EN FECHAS RECIENTES

Año 5, Edición N° 11 / enero - abril 2006

Cecilia Ruíz de Ríos - “Karim Aldana”

Alejandrina Gutiérrez – “Conflicto ecológico” /COSTA RICA

Año 5, Edición N° 12 / mayo - agosto 2006

Débora robb – “Cayo Doreth”

Amelia Barahona – “¡Goooool!”

Año 5, Edición N° 13 / sept. - dic. 2006

María Lourdes Pallais –“Prisionera de mi tío” (fragmento)

Ángela Saballos – “I want hold your hand”

Eunice Shade – “Obituario para Rizú”

Gloria Melania Rodríguez – “Fijarse en la muerte” – “Thriller convincente”

Lety Elvir - Alitas de pollo /HONDURAS

Año 6, Edición N° 14 / enero - abril 2007

Eunice Odio – “Carta 2” (fragmento) / COSTA RICA

Luz María de la Cruz Redon - Los proscritos / COSTA RICA

Año 6, Edición N° 15 / mayo - agosto 2007

Alondra Badano – “El muerto es mío”/ PANAMÁ

Melanie Taylor – “El zócalo azul”/ PANAMÁ

Patricia Delgadillo – “Business affair”

Eyra Harbar – “El árbol” / PANAMÁ

Año 6, Edición N° 16 / sept. - dic. 2007

Amelia Barahona – “Y se abrieron los cielos”

María Guadalupe Lacayo – “San Jerónimo”

Martha Cecilia Ruíz – “Lucky, mi amiga de jardín”

Andira Watson - “La carta”

Gloria Palacios Mora – “Zoólógico andante” / “Todo un hombrecito”

Año 7, Edición N° 17 / enero - abril 2008

Carmen Naranjo – “Simbiosis del encuentro” / COSTA RICA

Claudia Hernández – “Manual del hijo muerto” / EL SALVADOR

Cecilia Ruíz de Ríos – “La laguna en mi olvido”

Elioconda Cardoza – “La marca del Ángel”

Hannia Zelaya – “Noche de paz”

Martha Elena Cerda Muñoz – “La Mocuana revivida”

Año 7, Edición N° 18 / mayo - agosto 2008

Rafaela Contreras de Darío – “Mira la oriental o la mujer de cristal” /COSTA RICA-EL SALVADOR

Ana Chavarría – “Los piratas de Shakespeare”

Yolanda Rossman – “Ifigenia despojada”

Ana María Rodas – “No hay olvido” / GUATEMALA

Año 7, Edición N° 19 / sept. - dic. 2008

Tatiana Lobo – “Después del apocalipsis” (cuento)/COSTA RICA

Layhing Siu Bermúdez - Fragmento de la novela Caminando sobre papel de arroz

Conny Palacios - Fragmento de la novela Naraya

Año 8, Edición N° 20 / enero - junio 2009

Priscilla Sevilla – “Ángel en la tierra”

Emma McGregor – “La pesadilla de Rubén”

María Roberta Mejía – “Persea”

Año 8, Edición N° 21 / julio - dic. 2009

Yolanda Rossman – “Herencia ancestral y La maldición de Morfeo”

Miriam Rojo – “Locura en calma aparente”

Año 9, Edición N° 22 / enero - junio 2010

Rosario Aguilar – “Día de Mercedes a Ritmo de Mambo Rock”

Martine Drayfus – “Sus ojos”

Ángela Saballos – “El retrato”



[*] Este escrito es una versión del original aparecido en la Revista ANIDE N0. 23.