jueves, 22 de diciembre de 2011

El microchip*


I see the girls walk by dressed in their summer clothes
I have to turn my head until my darkness goes
Rolling Stone
En el aeropuerto de aquí las cosas no estaban bien. Hicimos demasiadas filas y los guardas de seguridad nos registraban más detenidamente a medida que nos acercábamos a nuestro destino final. En el aeropuerto internacional de Miami nos recibieron unos policías con acento árabe y me despojaron de mis pinzas para depilar y de una para cortarme los callos «Cosas de seguridad».
Una mujer rubia me apuntó con un aparato extraño, como no estaba acostumbrada a viajar aquello me pareció “normal”. Unos oficiales de gafas oscuras hablaron quedito como si discutieran un secreto importante, pero se reían maliciosamente. Pensé que tal vez si yo fuera rubia y terrorista me tratarían bien, pero como soy una extranjera con la piel café me trataron como delincuente. Bueno, lo que sea con tal de llegar a tiempo a clases.
Cuatro meses después ocurrió algo extraño. Comencé a sospechar que el espejo de mi baño estaba de alguna manera conectado con un sistema que les permitía, no sé a quién, vigilarme a toda hora, incluso cuando estaba defecando, orinando, o lavándome los dientes. Después mi psicosis hizo que tapara con un trapo negro el televisor, por si había allí alguna cámara escondida. Luego me encargué de revisar el techo, las bujías y hasta los libros porque al regresar ya no recordaba haberlos dejado en la posición en la que los encontraba.
Cambié las cerraduras del apartamento y empecé a desconfiar de los detectores de humo. Estaba segura de que me seguían a todas partes.
Una mañana de diciembre desperté súbitamente, alguien acababa de salir de mi habitación, un ladrón o un espía. Ahora sí estaba nerviosa.
Desesperada llamé por teléfono a mi marido para decirle de una vez por todas lo que sospechaba, él me escuchó atento, luego dejó pasar casi un minuto de silencio para decirme con toda seriedad que yo estaba en intertexto con "The Truman Show", y que esa película a él caía mal porque era la peor actuación de Jim Carey. Fue la primera vez que vino a mi mente la sensata idea del divorcio.
Esa tarde unas niñas gamberras afroamericanas me atacaron en el bus con bolas de nieve. Yo no pude decirles nada, si ni la gente blanca se animaba a ponerlas en su lugar, por miedo a exteriorizar su racismo travestido. Bueno, gamberra es gamberra, las aguanté.
Al día siguiente tuve mucho cuidado de no toparme con las niñas. Pero me encontré con un sujeto extraño que llevaba un objeto oculto en las bolsas de su chaqueta. Subió casi detrás de mí. Lo observé disimuladamente, era alto, blanco, ojos azules, de cejas y pestañas de un color rubio plata, llevaba un corte tipo cepillo pero en versión anticuada y gafas color humo. Me seguía.
En el bus trató de pegarse a mí, tanto que me dio miedo. Aunque él usaba un perfume delicioso y tenía una presencia a lo Brad Pitt, me retiré al fondo, hasta un punto en que todos notarían si ese hombre me estaba acosando. Mi corazón agitado me decía que aquello no se trataba de sexo. Tuve ganas de gritar, vomitar o de orinarme en la ropa.
Cuando regresé a mi apartamento mis dientes castañeaban y mis manos no se bastaban para buscar la llave y sostenerla para abrir la puerta, ni siquiera podía encender un cigarrillo, estaba segura de que alguien me estaba esperando.
No encontré a nadie. Encendí todas las luces y fui a hacer pis, después de ponerle spray negro al espejo. Seguramente tenían intervenido mi correo electrónico, mis tarjetas de rebaja en el supermercado, mis tarjetas de crédito... ¡todo! A lo mejor mi esposo no era mi esposo y mi casa ya no era mi casa…
Aquello no era lógico, sin embargo algo dentro de mí aseguraba que no se trataba de mi torpe imaginación. Cuando el líquido amarillo sucio de mi infección renal crónica salía de su orificio sentí un dolor raro en uno de los labios vaginales, me sequé bien y me puse de cuclillas en el piso. Con el auxilio de un espejo de aumento y una lámpara de mano me revisé. Una especie de pelito metálico se me enterraba en la carne. Tomé una pinza y lo extraje. Lo estudié con una lupa. Todo indicaba que se trataba de la punta de un microchip en forma de aguja.
Entonces pensé que me lo habían puesto en aquel aeropuerto. Se equivocaron y me lo dispararon mal, entonces grité hacia la parte más redonda de aquella cosa:
«―¡Hijos de las mil putas, mal paridos! Me vigilan e invaden mi privacidad sólo porque no me parezco a ustedes ¡Pero esto lo va a saber el mundo entero!»
Por eso publiqué mi queja en un diario local. Desde entonces se hizo famoso mi «cuento» porque nadie creyó que yo estuviera diciendo la verdad. ¿No te parece una injusticia?





*Nota: yo había borrado este escrito del blog, pero hoy me arrepentí así que lo regreso a su sitio.

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