domingo, 30 de diciembre de 2012

NAVIDAD EN MANAGUA


Por: María del Carmen Pérez Cuadra.

El día está soleado y caluroso a tal punto que sobre el caminito de tierra el vapor transparente reverbera y se eleva hacia un cielo azul apenas moteado por unas nubes blancas.
—¡Corré, corré! Si no querés que te mate— Grita el más alto, mientras persigue al más pequeño y gordito de los tres.
—¡Agarralo, agarralo, que no se te escape!
Los muchachitos corren a gran velocidad hacia las ventas de comida humeantes y entre las sillas plásticas de los restaurantes improvisados del malecón de Managua. Hasta que Simón Pedro se tropieza y cae aparatosamente rozando con su pie derecho uno de los tenamastes que sostiene una porra con sopa hirviendo. Por un momento intenta levantarse pero no puede y suelta al fin de sus pequeñas manos un pez plateado que todavía se retuerce en los estertores de la muerte por asfixia.
Abel y José Daniel frenan de golpe la carrera al punto que sus pies esquían un poco sobre la mugrosa acera.
—¡ Híjoela!, ¿te jodiste?— pregunta Abel.
—¡Simón!— grita José.
Los dos corren donde el chavalito inerte, ven el pescado avanzando hacia la carretera gracias a sus convulsiones pero ya no les importa. Se acercan al cuerpo del compañero y le soban la espalda con algo de miedo hasta que de pronto Simón comienza a retorcerse de las carcajadas. Acto seguido los compinches le comienzan a dar golpes que no van en serio sobre la cabeza y la espalda. Al rato se abrazan sin decir nada. Se han reconciliado.
Esta tarde, tal y como lo habían acordado escriben a como pueden su carta para el Niño Dios, ya va a ser navidad. Pero algo sucede más tarde. La noche besa Managua con furia y cada cauce, cada grieta se inunda acarreando una gigantesca masa de botellas plásticas que se enrumba hacia el lago. De madrugada una enorme figura se posa frente a una de las casas hechas de ripios de madera y zinc, es la casa de Abel, uno de los niños que vive frente a las desaguaderos del Gran Lago. Cuando se levanta admirado ve una nata que poco a poco toma la forma de una enorme ballena azul.
Muy temprano en la mañana los chicos se reúnen a planificar las acciones del día y alguna estrategia para conseguir fondos para comprarse algo para desayunar. María de la Concepción, la hermanita menor de José Daniel los ha seguido, ellos a regañadientes la aceptan. El plan es el siguiente: van a recolectar botellas plásticas para venderlas como material de reciclaje. Les pagarían C$ 2.00 córdobas por libra. A ver, un quesillo cuesta C$ 5.00, un refresco de cacao C$ 3.00. Hay que hacer cuentas, menos mal que Abel sabe algo de números. 5 + 3 = 8 x 3 = 24… ¡Pero está María! Y ella los queda viendo con sus ojitos de zarigüeya, como hipnotizada… 24 + 8 = 32 ÷ 2 (Que vale la libra de plástico)= 16. Necesitan recolectar 16 libras de plástico. Nada menos. La única solución es comprar dos refrescos y dos quesillos para luego compartirlos.
Los trabajadores de la alcaldía comienzan a poner luces y ornamentos para el nacimiento que engalanará la plaza capitalina para las fiestas navideñas. Luego de un rato de andar de estorbo se van a los desaguaderos. Allí está la enorme nata con forma de ballena azul que ya comienza a desintegrase.
Armados con unas ramas Simón Pedro y Abel luchaban por jalar las botellas flotantes hacia la orilla, mientras José Daniel y María de la Concepción se estiran poniendo sus fuerzas al límite para alcanzar y recolectar en un saco su pequeño tesoro.
Es una mañana alegre, todo parece brillar después del inesperado aguacero. Los trabajadores concentrados en sus labores sueñan quizá con que les adelantan el aguinaldo, las señoras gordas dueñas de las comiderías ambulantes calculan mentalmente el monto de los préstamos para invertir en sus negocios, si esta es una buena temporada, y al fondo del lago se divisa una pequeña lancha con pescadores dueños ellos de sus propios sueños. Si tan sólo levantaran el rostro para examinar el cielo podrían ver cómo una enorme nube negra se estaciona sobre la parte sur de Managua.
Apenas hay un momento en que una nube blanca interrumpe al sol, los niños ni siquiera se dan cuenta sino hasta que de pronto y de un solo golpe una enorme correntada se dispara con fuerza sobre ellos. Simón y Abel se aferran a sus ramas y gracias a ellas son catapultados hasta el borde del cauce y se arrastran para salvarse. María y José son arrastrados hacia las profundas y turbias aguas del Xolotlán. Para ellos todo ha ocurrido en cámara lenta.
Simón y Abel abren sus ojos y la boca en expresión de horror e impotencia. No dicen nada, hasta que una señora comienza a gritar:
—¡Jesucristo! ¡Ay, a esos niños se los lleva la corriente! ¡Auxilio, auxilio, auxilio!
Y comienzan las acciones de rescate entre gritos y aspavientos. Abel y simón Pedro habían tragado agua de cloaca y ahora tocen y vomitaban. Hasta que al fin dicen:
—Nosotros estamos bien, ¡salven a José y a su hermana que se los tragó el lago!
La madre de los desaparecidos surge de la nada, grita y llora dando muestras de desesperación y angustia. Uno de los trabajadores de la alcaldía estuvo presto, se saca los zapatos y se lanza al agua que ahora luce gris y turbulenta. Mientras el hombre sumergido busca en el fondo del lago, para los niños el tiempo se vuelve una cosa fantástica en que cada segundo parece una hora. Entonces comienzan a rogarle al Niño Dios que no les traiga ningún regalo, que se olvide de la bici y del DVD que ellos habían pedido, que se olvide del teléfono celular que el propio José había pedido pero que por favor les devuelva a sus amigos. Por favor, por favor, por favor… Por favor que se olvide hasta del regalo que María había pedido, por favor…
Entonces el hombre aquel emerge de pronto y con su mano jala un bulto largo y aguado, es José. Otros hombres y mujeres reciben el cuerpo para ver cómo pueden socorrerlo, mientras que el hombre se sumerge nuevamente.
Los dos niños juntan cerebro y alma rogando con toda su potencia vital «Por favor, por favor, Niño Dios, que resucite» Y el hombre sale con un segundo cuerpo en la mano. María de la Concepción está irreconocible, se parece más a una bolsa de basura llena de lodo y desechos que a una pequeña niña de tres años. Y nuevamente las manos sobran tratando de ayudar a la recién rescatada. José ya comienza a dar señales de vida, pero la niña no. El grupo de gente trata de reavivarla pero desde lejos casi no se ve nada. «Por favor no nos regalés nada para navidad, no nos regalés nada nunca más, pero salvá a la María ¡Por favor, por favor, por favor Divino Niño Jesús, ¡por favor…!»
Y el milagro se hizo, María comienza a toser y a vomitar agua lodosa.
Mientras la gente sube a los sobrevivientes a un taxi rumbo al hospital. Abel y Simón tratan de buscar con la mirada al hombre aquel que salvó a sus amigos pero no pueden reconocerlo, podría ser cualquiera de los que están allí trabajando.
Abel y Simón Pedro se quedan viendo frente a frente, asustados todavía, pensando cómo demonios van a hacer para explicarle a sus amigos que ninguno de los cuatro tendrá regalo de navidad nunca más en sus vidas. Pero total, están muy agradecidos. Ahora planean ir a la Chureca, a lo mejor, quién sabe si no se pueden encontrar una lámpara mágica que les conceda tres deseos.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Lectura en el GAM



Ayer fue el cierre del taller de escritura autobiográfica que dirigió Juan Pablo Sutherland entre agosto y octubre de este año 2012 en las instalaciones de la Biblioteca Lea+ que pertenece al GAM (Centro Cultural Gabriela Mistral). 

Esta ha sido una de las actividades más enriquecedoras que he vivido en Santiago porque tuve la suerte de compartir la experiencia con autores y autoras diversos, híbridos, complejos, talentosos e interesantes. Es verdad que el enfoque era técnico, pero de pronto nos desnudamos un poco y sacamos detalles, anécdotas, estados emocionales y esperanzas que marcan o han impactado en la geografía de nuestras vidas. Descubrí,  gracias a los ejercicios de Sutherland, el papel tan potente que ocupa la poesía, y las técnicas de la lectura y la escritura de ficción a la hora que configuramos nuestros “Yo” o que trabajamos/jugamos con nuestras propias escrituras de la memoria y la autobiografía.

Felizmente, nos quieren tanto nuestros cómplices y amigos que a pesar de un divertido enredo con las fechas de la lectura, igualmente vinieron desde lejos a acompañarnos, sin duda dejaron cosas importante que tenían por hacer con tal de estar allí apoyándonos.


Juan Pablo Sutherland abrió el acto presentando el curso, luego la directora de la biblioteca  nos contó cómo nosotros habíamos sido lo más parecido a conejillos de india porque nunca se había aprovechado el espacio de la biblioteca para impartir un taller, y menos de ese tipo.

Juan Eduardo y Felipe Herrera presentaron sus ejercicios. El primero experimentó una carta-cuento con un ambiente quizá apenas comparable al de Leaving las Vegas (1995) de Mike Figgis, y el segundo nos hizo recobrar a todos los muertos de nuestra felicidad.

  
 

Juan Pablo Pozo, nos hizo delirar con sus personajes femeninos manejados con una voz poética alucinante, mientras que Angélica Pizarro nos tocaba los nervios de la memoria infantil como quien tortura amorosamente su pasado en la escuela. Y cuando pronunciaba “M-a-m-a, mamá”, nos había calado hondo.


Ingrid Toro nos demostró que ella ante todo es poeta pero que no tiene ningún complejo a la hora de soltar la pluma escribiendo narrativa. Una escritura que por cierto desborda choquecitos eléctricos, asombro, inteligencia, humor y erotismo.  Liliana Díaz recuperó en su memoria y en la del público asistente esos años que es imposible olvidar y fabricó sí un juego de distancias entre memoria y ficción.

Olivia, la preciosa chica de ojos felinos, nos enfrentó al sentimiento de culpa y la muerte vistos desde la estatura de un niño. Y yo, hice lo mío pues conté uno de los días de memoria más raros que aparece guardado en el chip de mi memoria y de mis sueños recurrentes.

 Gracias amigas y amigos del taller, gracias Juan Pablo Sutherland porque sos lo máximo. Ojalá y nos sigamos encontrando por allí para seguir aprendiendo de ustedes.

martes, 9 de octubre de 2012

Día de memoria: para el álbum familiar



No tengo fotos de mi niñez, y me habría gustado tener una foto de aquel día en que casi enloquecimos de tanto jugar. Pero tengo en la memoria casi como una foto viviente, casi siento las cosquillas que duelen como garras picosas entre mis costillas y el estómago. Ese día nos habíamos quedado solos, pero nada más por un rato. Mamá estaba en el trabajo y papá había salido a pesar del toque de queda. No sé si llevaba una bandera blanca, pero era lo más seguro. Lo imagino ahora en una foto polaroid en sepia, borrosa: mi padre levantando una bandera blanca hecha de la mezcla de un palo de escoba y un pañal de gasa de mi hermana bebé.  
En la cocina, hecha de tres pedazos de piedra cantera entre gris y negro de tanto hollín, se entrelazaban unas ramas secas, casi como abrazándose unas con otras para protegerse de algo, quizá del frío porque allí en esa cocina no ardía ni una chispa. ¿Y para qué íbamos a encender el fuego? Para qué si no teníamos nada más que agua y sal. Por eso fue que mis hermanitos menores y yo inventamos un juego con tal de olvidarnos del hambre. Yo, la mayor, la más alta y más gorda era Godzila, mi hermanito menor encajaba bien en el rostro y estructura ósea de Godzuki y entre los dos luchábamos por acabar con los planes de nuestra terrible enemiga, nuestra siniestra hermana bebé: Dragobaby.
Pasamos más de media tarde jugando hasta que apareció papá, se le veía una expresión feliz en el rostro. En la mano izquierda traía un par de bolsas con lo que imaginamos carne de pollo y aceite vegetal. Mientras él abría la puerta, nosotros —bañados de sudor y mugre líquida— interrumpimos bruscamente nuestro juego, nos quedamos boquiabiertos, fascinados con lo que imaginamos la cena. Ni siquiera saludamos a papá, ni siquiera nos alegramos de que hubiera podido regresar sano y salvo, simplemente chillamos con todos nuestros pulmones y empezamos a arreciar las cosquillas, los brincos y los soplidos ultrasónicos contra la pancita de Dragobaby, simulábamos un ataque entre ultrasónico y pedorrífico o algo así. El entusiasmo nos aceleró el corazón y disparó enfermizamente en nuestra imaginación teleformada el desafío de una batalla espectacular, una nunca antes vista, una nunca antes vivida. «Grrrrrrr, Grwwwwwrrrrrrr, Prrrrrrrrrrrrrr, Ptssssh, Flasssh, Flassh… ¡Bummm! ¡Bummm!»
Mientras tanto, papá encendió el fuego auxiliándose de un plástico derretido. Al instante las ramas empezaron a arder e inmediatamente papá dejó caer sobre la sartén una docena de cabezas de gallina. El aceite sobrecalentado explotaba con furia, olía y freía las crestas y los cuellos blancuzcos de las aves. El olor era tan poderoso que nos arremolinamos cerca de la cocina. «Aléjense, se pueden quemar» advirtió papá, pero nosotros horrorizados no nos movíamos, ni siquiera hacía falta mirarnos unos a otros con complicidad, simplemente aquella escena nos acababa de matar el hambre.
Ese día jugamos mucho, creo que fue uno de los días más salvajes y divertidos de nuestras infancias, es verdad que no comimos nada, pero esa noche en sueños vimos aparecer una extensa lluvia de piernitas de pollo fritas cayendo sobre nuestras cabezas.

miércoles, 1 de agosto de 2012

En la avenida

Señor, ¿necesita ayuda? le digo. No, gracias, contesta. ¿Está seguro?, insisto. Sí, responde. Lo vi: alto, blanco y flaco, de cabellos blanquísimos… lloraba. Lo dejé solo. No sabía cómo cruzarse la avenida y tampoco quería aceptar mi ayuda. Avancé unos cincuenta metros, pero la brújula de la conciencia me detuvo y me haló hacia el desconocido. Papá, le digo. Soy yo ¿acaso te has olvidado de mí? Y el anciano por fin levanta la vista, extrañado. Vas a estar bien papá, le dije, vamos, cruza conmigo, te invito un helado. Y el hombre se dejó llevar sin dejar de mirarme.

lunes, 30 de julio de 2012

Hambre vespertina


Mientras ella le preparaba un Barros Luco callejero, él la miró como diciéndole: «Comería de este aire sucio, bebería hasta la última gota del Mapocho, masticaría los edificios rotos por el terremoto, lamería cada teja de tu casa o me dejaría inyectar tarjetas de crédito hasta en los huesos… Mira, besaría las sombras de tus pasos sobre el pavimento candente de Gran Avenida, si tan solo me dijeras tu nombre» Pero él no se atrevió a nada. No dijo nada porque guardaba lo justo en su bolsillo. Ni siquiera una propina. «Gracias» dijo, y se fue.

sábado, 30 de junio de 2012

Días de guerra

Día de memoria


Cuando yo era una niña pequeña que apenas veía como problema grave el hecho de no poder escribir bien mi largo nombre, me tocó vivir la experiencia de la guerra, y no es que yo estuve o estuviera en ese instante en un lugar de enfrentamiento, quizá  llegué a estarlo en algún momento, como muchos otros nicaragüenses; pero ese momento que ahora traigo a la memoria... es uno en el que vi que unos hombres llegan a la casa y piden las medidas de la ropa de mi padre. Veo que sacan una cinta métrica y toman presurosamente sus medidas. Anotan en una libreta y se van. También recuerdo, como si se tratara de una masa deforme y confusa, que no había azúcar blanca, en su lugar lo que podíamos obtener era azúcar moreno. En ese momento se veía a este producto al cual me refiero como algo bastante plebeyo, y ahora con el tiempo hasta lo he comprado muy caro porque el azúcar de color oscuro, poroso y húmedo, pegajoso y de granos gruesos es más saludable que el azúcar refinado... escribo como pienso, y eso no es bueno ni malo, creo que lo importante es estar consciente. Al igual que muchas niñas de aquella época vi camiones llegando con cajas de color aluminio (quizá no fue así, quizá esa imagen lleva la contaminación de mi propia imaginación infantil pero eso es lo que aparece en la pantalla de mis recuerdos) a entregar como peces plateados gigantes esos cajones que le sacaban las lágrimas a las madres, las hijas, las abuelas, vecinos y vecinas... cargaban a sus muertos. La primera vez no entendí mucho, tardé un buen tiempo en darme cuenta que aquellos muertos que se iban acumulando en la vida de los otros de alguna forma también eran míos. Recuerdo que un día de esos teníamos hambre urgente y no había más que leña húmeda en la cocina echa de tres pedazos de piedra cantera. Unas ramas lucían entrecruzadas esperando algo, no había combustible para hacerlos arder, quizá había fósforos... pero ¿de qué serviría? No sé si al fin mi papá regresó con algo de comer, o mi madre. ¡Qué bien sabían turnarse a la hora de la sobrevivencia! Ese día era triste y azul algodonoso. O era rojizo algodonoso, pero aunque había resplandor vespertino había también como un halo de hielo de muerto colándose entre los huesos. Pero hubo días felices en que inventamos quemar azúcar morena para fingir caramelos oscuros y amargos que devoramos con alegría, y también comimos tortillas de maíz, crujientes y tostaditas, comidas con sal o con un trozo pequeñito de cuajada ahumada... en cosas como esas pensé cuando sentada frente a la ventana diminuta de mi departamento en Santiago de Chile garrapatee este supuesto poema (y no me importa que no lo sea), la idea es que en este acto de escritura yo como mi propio recuerdo y lo mastico, lo muerdo, tal y como una vez hice con el caramelo de azúcar vítrea o la tortilla de maíz tostada, y lo consumo como algo necesario más que amado.

Reflexiones de una muñeca de azúcar morena

Te agitas viento
lloroso y espinudo
en este cielo de espuma congelada
él abre la boca y come
parte a parte
trueno crocante entre sus dientes
y tú estás allí o vienes
a deleitarte en lo que queda de mi carne crujiente.

Me acuerdo de cuando era chica
un muerto ajeno posaba 
como mariposa de malos augurios
en el centro de la sala
el perro lloraba, el alcaraván lloraba,
yo no supe cómo llorar.
Ahora entiendo, casi cuarenta años más tarde,
que ese muerto era mío también.

Ese día también te agitabas
lloroso y espinudo
en un cielo de espuma congelada

La boca que solía comerme
se estiraba rígida como una lagartija congelada
en la cara de ese muerto que estaba puesto en la sala

en la cara de ése que estaba guardado en esa caja de aluminio
y modelo en serie repetida.

sábado, 23 de junio de 2012

Un día más en Santiago. (Día del padre en Nicaragua)

Afuera el día luce espléndido. Aprovecho que hay luz natural, y para librarme del frío seco de esta ciudad ajena, he empezado a ordenar el cuartito que todos en la casa usamos de basurero. Entre las cosas que he encontrado hay desde anuncios publicitarios del año pasado que ofrecían masajes "reductivos" a $15.000 la sesión, de relajación a $12.000 y de drenaje linfático a $20.000, cachureos y cosas que ni imaginaba que eran mías: un pedazo de madera de dimensiones de 4 x 10 pulgadas, una máscara de el gato con botas y una carta. De todo lo anterior solo una cosa decía algo mío, la carta. Y esta carta no es mía en realidad, es una carta que escribió mi hijo Samuel para su abuelito Mario, mi padre, que está en Nicaragua.
Casualmente un día de estos estuve pensando que la escritura sirve entre tantas cosas como para hacerse de una puerta por medio de la cual a uno le pueda llegar alguna luz reveladora, tal y como me llega ahora esa luz blanca y brillante que psicológicamente me calienta. Pero también por medio de esa puerta escrituralmente abierta es que se puede sacar cosas que no queremos guardarnos, esas cosas que a veces no nos gustan o que nos producen vergüenza, asco o repugnancia. Pero ese ejercicio es el que hice en mi novelita inédita que no sé si alguna vez podré publicar, pero no importa. Lo que sí me importa es haber hecho la práctica que me ha dado más lecciones de las que yo misma esperaba.
Mientras escribo esta entrada en mi blog abandonado, mi pequeño Samuel toca su flauta recién redescubierta entre las cosas que sacamos del cuartito, toca desafinadamente pero feliz, brinca, gira, baila... el chillido de la flauta me hace recordar el horror que me produce la imagen de los pezones que ponen huevos y chillan como instrumento musical en "Rosa mística" de Marosa de Giorgio... pero le sonrío a mi nene y le digo: "¿Qué te parece si vas y le tocas algo a tu hermano?",  "¡Sí!" me contesta entusiasmado, y se va. Pobre Ángel. Baja el músico improvisado por las escaleras de caracol de nuestra casa para buscar a su hermano, mientras yo escribo. Pero también debo estar atenta al sonido de la lavadora, cuando termine debo ir a tender la ropa, pero también debo estar pendiente del pescado, cuando esté listo un lado debo darle vuelta para cocinar el otro... Alguien toca el citófono.
Regreso. Era mi amiga Hilda, me ha traído un "cuellito" tejido en lana de vicuña, ella quiere darme calor a como dé lugar. Yo la quiero tanto a ella, que no me importa que esa lana tan fina no consiga salvarme de este frío "tan helado".
La cosa es que esa carta fue escrita por Samu para contarle a su abuelito que en Chile hay muchas construcciones y que hay muchos trabajos --mi papá es albañil-- y le pide con entusiasmo que venga pronto que éste país es muy lindo. La fecha es de septiembre de 2010.
Así que a mi mente viene de pronto la imagen de mi padre sin padre (tuvo un padre sí, uno que nunca lo quiso reconocer como hijo legítimo) paseando con una lata y un palo por los arrozales de alguna hacienda de grandes terratenientes, ocupado en ahuyentar animales peligrosos y pájaros que atentaran con comerse los granos. Y mi papá primero aprendió a mantener a su familia de entonces: una madre y tres hermanos menores antes de aprender a leer, antes de aprender que era posible ir a una escuela y usar zapatos. Se casó a los 18 años, y procreó cuatro hijos de los cuales soy la primogénita. Yo iba a la escuela de día y mi padre por la noche. Yo iba a la escuela de día y mi madre trabajaba de día como enfermera empírica de un hospital municipal, hasta cambiaba sus turnos nocturnos por los turnos de fin de semana de sus compañeras para poder integrarse a sus estudios en el Alfonso Urroz entre 6 y 9 de la noche, hasta que su sueño se hizo realidad, sus sueños se hicieron realidad, nuestros sueños aquellos. Qué suerte tuvo mi padre al encontrarse con mi madre, y qué suerte tuvo ella también al encontrárselo a él.
Pienso, en que a pesar de las carencias, a pesar de la guerra y la revolución sandinista o quizá gracias a todo eso, aprendimos lecciones de solidaridad, amor, sinceridad y apego desinteresado, hasta de encerramiento con nuestra familia extensa y multiplicada entre el vecindario y los que se iban al extranjero (como ahora yo) y los que se quedaban, esos que de alguna manera todavía siguen conectados con nosotros, con nuestra memoria.
Dentro de unos días voy a cumplir 15 años de haber publicado por primera vez un cuento. "Detrás de San Miguel Arcángel" se llama, y tengo el recorte guardado con mucho cariño en el lugar de mis cosas más importantes. Cuánto me alegra que mis abuelas y bisabuelas indígenas y analfabetas tengan ahora la oportunidad de verse en mi escritura como lo que son: mis antecedentes y mis huesos. Porque cada letra que escribo se debe a que ellas pudieron darme al padre y la madre que todavía tengo, y vivo agradecida. Pero cuánto los extraño, tanto que ni se imaginan.

viernes, 22 de junio de 2012

Están cordialmente invitados e invitadas. A mi taller de narrativa



«TODAS LAS PALABRAS CUENTAN»
TALLER DE NARRATIVA CORTA
Una iniciativa más de la Embajada de Nicaragua en Chile


Día, hora y lugar: Martes de 17:30 a 19 hrs.
República de Cuba 2645. Metro Francisco de Bilbao
Tutora: María del Carmen Pérez Cuadra.
Inicio: Martes 10 de julio.
(Un encuentro semanal. Duración del taller 3 meses.)
Valor mensual: $ 40.000. (Se otorgarán dos medias becas)
Máximo de participantes: 6 personas

Resumen

Este taller de escritura creativa ha sido pensado para quienes estén interesados/as en iniciarse en la escritura del género cuento. Los participantes trabajarán en sus proyectos personales de escritura al mismo tiempo que  disfrutarán de la lectura crítica de autores de diversos estilos y tradiciones. El único requisito es estar interesado en escribir narraciones cortas.
La disposición de la tallerista incluye, además de los 90 minutos de encuentro presencial, un seguimiento personalizado por participante enfocado en la corrección, asesoría y valoración de sus textos o proyectos de escritura.

¿A QUIÉN ESTÁ DIRIGIDO?
A toda persona interesada en la narración literaria. Mayores de 14 años.
OBJETIVOS:
·        Conocer autores claves  de la narrativa corta.
·        Desarrollar habilidades, destrezas y técnicas de lectura y escritura.
·        Trabajar un proyecto personal de escritura de narrativa corta.

METODOLOGÍA
·        Lectura activa. Ejercicios de escritura. Conversatorio.

María del Carmen Pérez Cuadra (nicaragüense), es licenciada en Arte y Letras, Magister en Literatura Hispanoamericana y especialista en  literatura centroamericana. Es narradora y poeta, su trabajo ha sido publicado en países de Europa, Estados Unidos, Latinoamérica y el Caribe. Su trabajo ha recibido reconocimientos nacionales y centroamericanos como el Primer Premio de Narrativa Centroamericana escrita por mujeres: «Rafaela Contreras» en 2004 y el Premio Nacional de Poesía Inédita «El Cisne» en 2008. Actualmente dirige el Taller de Escritura Creativa ¡Yo también cuento!

INFORMACIÓN E INSCRIPCIÓN
Con María del Carmen Pérez Cuadra
Celular: 79537781
Oficina: (02) 9814563
De lunes a viernes en horario de 9 am a 6 pm.
Email: mariakarmen@yahoo.com.mx

martes, 3 de abril de 2012

Soy una “AA” (autora anónima) que disfruta de su anonimato. Entrevista con la escritora nicaragüense María del Carmen Pérez Cuadra


Por: Jadive Malavera[1]
Me la encontré en la calle central del Barrio Lastarria, aquí suelen confundirla con una nana peruana me cuenta, pero dice que ya se está acostumbrando, a eso y a los terremotos cotidianos. Mientras nos tomamos un café por uno de esos restaurantes pintorescos me explica que ha empezado a decir que es mapuche de pura cepa, y que así ya no le siguen preguntando que de dónde es o que por qué tiene ese acento tan raro. “…Cada vez que puedo recaigo, por eso es que te digo que soy una “AA” (doble A), allá tú si quieres entrevistarme”, me aclaró antes de que le diera on a mi mini grabadora de voz.
¿Qué te pareció la antología de narrativa centroamericana Puertos Abiertos de Sergio Ramírez, en la que se incluye una de tus narraciones cortas?
Creo que es un producto necesario que fue preparado para favorecer o satisfacer esa creciente hambre del público latinoamericano por las narrativas centroamericanas. Y que por suerte ha considerado mi trabajo.
¿Y con respecto a la selección de autores incluidos, crees que algunos tuvieron más “suerte” que otros? ¿Crees que esta antología saque del patio trasero a algunos talentos nuevos?
Mira, yo no estoy en posición de criticar mal el trabajo de Ramírez simplemente porque hay libertad creadora, y ése es su corpus, él es dueño de su selección. Pero qué te puedo comentar, a ver, particularmente me he distinguido o más bien así quiero hacerlo como una escritora que poco se interesa en andar empujando la flechita, que eso sea una estupidez o un acto poco sensato pues lo asumo y tomo mi responsabilidad, y me atrevo a decir que eso le pasa a mucha gente de talento en Centroamérica, y el caso se da, ―estoy especulando quizá―, porque estamos demasiados agobiados por la sobrevivencia y vemos la literatura como un espacio de libertad creadora y no como una oportunidad profesional, digamos. Pero, respondiendo a tu pregunta, si la obra fuera mía, inmediatamente me daría cuenta que faltan autores notables, como Claudia Hernández ―que desde mi perspectiva y experiencia lectora es la mejor narradora contemporánea que tiene Centroamérica― pero también podría darme cuenta que sobran nombres muy largos y grandotes (valga cualquier redundancia). Y entiendo por qué esos nombres tan grandes que quitan el espacio a otros con menos letras son necesarios y es porque sirven a manera de ruedas para poder movilizar el carrito dentro de un mercado muy competitivo, violento y desgastante al que no cualquiera puede entrar, así que Ramírez hace lo que puede, y ya ves que puede.
¿Podrías contar más sobre tu idea de no andar empujando la flechita, cómo tiene que ver eso con tu experiencia de autora?
Esa idea no es mía, sabes bien que es de Cortázar. Pero, mejor te cuento algo más curioso, bueno, al menos lo es para mí. Fíjate que aunque las cosas que escribo tanto en poesía como en narrativa no son para nada autobiográficas, tengo dos o tres cosas que casi lo son, por ejemplo, ¿te acuerdas de aquel poema “Miedo autobiográfico/La poeta domesticada”? Pues sucede que yo fui a un recital de poesía y mientras leía alguien hizo un comentario: “Esa mujer tiene más cara de empleada doméstica que de poeta” dijo. Confieso que me molestó, pero también me sirvió mucho porque me impulsó a hacer un análisis retrospectivo de lo que hasta ese momento había sido nuestra poesía nacional, si es que existe como tal: puro erotismo, pura belleza modernista, puro lugar común, nada verdaderamente revolucionario. En ese instante vino a mi mente la poesía de Ana Ilce Gómez, Rosario Murillo y la de Marta Leonor González quienes según yo eran las únicas que en ese momento estaban haciendo o habían hecho algo más original. Pues, como te decía, pensé que había que hacer algo verdaderamente “revolucionario” por eso fue que a partir de ese poema que te decía trabajé decididamente lo otro, lo feo, lo reprobable, lo abyecto como objeto estético por excelencia entre mis ejercicios creativos. Y fue que ocurrió, ―aquí viene la parte curiosa―, que a partir de ese proyecto y tras varios ejercicios y experimentos llegué al “Animal inédito. Monólogo de una poeta menor” que según yo todo mundo iba a entender que se trataba de una reflexión en torno a ideas nietzscheanas… He ahí que con él gané en 2008 un concurso nacional dedicado a Rubén Darío que se llamaba “El Cisne” (Yo reflexionando con la idea de un caballo ganaba el “cisne” como premio), y cuando leímos en el acto de premiación recuerdo que una musa Dariana se paseaba con un vestido vaporoso teniendo como fondo música de Richard Clayderman, “Balada para Adelina” o algo así, medio romanticón, así que los premiados pasábamos uno a uno a leer con música parecida a esa de fondo. Pues me daba risa y me daba pavor al mismo tiempo leer mi poemita odioso con un fondo musical de “Historia de amor”, no podía ni concentrarme, así que fui y con mucha vergüenza les pedí que por favor apagaran la música porque yo no podía leer con ese tema musical de fondo. Ofrecieron otro, pero pedí que mejor no pusieran nada. Leí. A los pocos días salió en el diario nacional más leído una nota de opinión[2] en la que un ex candidato presidencial hablaba cosas ingratas de mi poema y de los ajenos presentados en ese concurso. Lo curioso es que el señor ese no mencionaba los nombres de los aludidos entre los que estaba el mío, porque al escribirlos reconocería al autor o autores, y porque así se escondía o se resguardaba no sé de qué. Esta era la voz oficial arcaica que se pronunciaba en contra de mi poesía, y te lo cito:
Querida Nicaragua: En estos días estamos celebrando el 141 aniversario del natalicio de nuestro Rubén y el 92 aniversario de su muerte. Tenemos tan cerca a nuestro Rubén Darío, nos enorgullecemos tanto de él, es nuestra puerta de entrada al mundo, lo admiramos con tanto orgullo que a veces uno no puede entender las razones que tienen los nuevos poetas, los modernos, diríamos los poetas rock, para escribir poesía que no es poesía.
…Es una pena que hoy en día, supuestamente exaltando la memoria de nuestro más grande poeta, se premien en certámenes cierto tipo de galimatías a los que llaman poesía y que los jurados calificadores, con algún tipo de argumentos rebuscados exalten las virtudes de escritos que no merecen ser llamados poemas. Tal parece que son premiados porque obligadamente había que premiar a alguien.
…Los huesos del pobre Rubén deben estar crujiendo.
y me dio mucha risa imaginar el programa de radio del señor ese, dedicado, ―en lugar de alabar a los valores nacionales o la geografía patria―, a recitar improperios en contra de mi poemita.
¿Pero, a pesar de ese premio y algunas menciones, todavía no has publicado ningún libro de poesía que yo sepa?
Que yo sepa tampoco, ni siquiera sin mi permiso… creo (ríe maliciosamente). No, no he publicado poesía, aparte de haber publicado uno que otro poema en algunas antologías claro está.
¿Te has involucrado en algún grupo literario chileno?
No. Pero me inventé uno. Reuní un grupo de amigos adultos mayores y nos juntamos a aprender y a escribir. En principio somos un grupo itinerante, caemos en la casa que esté disponible para las actividades del grupo, y lo pasamos de película; vamos al cine o a algún bar de vez en cuando y estudiamos y escribimos intensamente. ¿Qué más puedo pedir?
¿Y por qué “inventaste” ese grupo y no preferiste unirte a otro ya hecho y con gente más conocida o experimentada?
Porque sucede que padezco de un carácter que ni yo misma entiendo, no hablo a menos que se presente la necesidad (como ésta), no me gusta la mayonesa ni el kétchup, odio los ruidos que hace la gente cuando come, soy agorafóbica, no tomo bebidas alcohólicas, no fumo, no le hago ni a la yerbita ni a nada… me duermo temprano, qué te digo: que soy muy aburrida para la gente joven, y estas personas maduras con las que tuve la suerte de encontrarme tienen unas vidas tan curiosas e interesantes, unas experiencias de vida tan ricas que me dan una felicidad que no te sabría explicar verbalmente. Pero tampoco te estoy diciendo que mis amiguitos son todos unos santos, simplemente son muy tolerantes conmigo, eso es. Me aceptan tal y cual soy, y yo los quiero a ellos más de lo que se imaginan.
¿Y has escrito mucho, cómo te va con las publicaciones?
He escrito bastante, pero me encuentro ante un dilema, el material que me han solicitado me da “cosa”, es decir, no me hallo en valor de darlo por terminado, y el material que tengo terminado no ha encontrado casa editora, estoy en eso, estoy buscando a alguien que tenga interés en publicar mi trabajo.
¿Y dónde te ves si piensas en tus publicaciones?
Me veo en cualquier lugar, pero no consigo verme ni en Chile ni en Nicaragua, antes de que me preguntes por qué, te lo voy a decir: allá porque no hay editoriales y acá porque la competencia es buena, es brutal. Pero por suerte en los dos ambientes soy una “AA”, es decir una autora anónima, pero fíjate que eso tiene sus ventajas, me dedico a escribir, y nada más, lo disfruto mucho y no tengo necesidad de estar todo el día ocupada en atender mi fama en twitter, no me desgasto la vida inventando qué poner en mi facebook (es más lo estoy dejando), no hay gente que me mande malas vibras porque como soy una figura anónima a nadie le intereso, no me veo en aprietos por cuestiones de choques de horario en visitas a mis amigos famosos, no hay ningún paparazzi persiguiéndome por todo Santiago para tomarme una foto en la que salga fea porque no uso ni maquillaje… No hay ningún opinólogo que se ocupe de llevarme la vida por los diarios o la televisión. Me levanto temprano y escribo. Es muy rico ser una autora anónima, tiene su gracia. De verdad. ¡En serio!
Mientras ella se toma su agua mineral sin gas (que al parecer le ha soltado la lengua) y yo mi Nescafé orgánico, la mesa empieza a sacudirse. La gente del lugar actúa con normalidad. Un sismo como de 6 grados Richter nos acoge por unos segundos. Hoy domingo 25 marzo a las 19:37 PM. Yo guardo silencio. Ella sostiene su vaso con aparente tranquilidad. Es tarde, ya hemos hablado demasiado.
Oye, ¿sabes qué?
No.
¿Por qué te viniste a vivir a Chile?
¿Me creerías si te dijera que eso mismo me estoy preguntando?


[1] Es escritora colombiana e investigadora independiente de narrativa centroamericana.
[2] “Cartas de amor a Nicaragua”, en la sección de opinión de La Prensa. El diario de los nicaragüenses. “Poetas”, del 22 de enero de 2008. http://archivo.laprensa.com.ni/archivo/2008/enero/22/noticias/opinion/238841.shtml