martes, 9 de octubre de 2012

Día de memoria: para el álbum familiar



No tengo fotos de mi niñez, y me habría gustado tener una foto de aquel día en que casi enloquecimos de tanto jugar. Pero tengo en la memoria casi como una foto viviente, casi siento las cosquillas que duelen como garras picosas entre mis costillas y el estómago. Ese día nos habíamos quedado solos, pero nada más por un rato. Mamá estaba en el trabajo y papá había salido a pesar del toque de queda. No sé si llevaba una bandera blanca, pero era lo más seguro. Lo imagino ahora en una foto polaroid en sepia, borrosa: mi padre levantando una bandera blanca hecha de la mezcla de un palo de escoba y un pañal de gasa de mi hermana bebé.  
En la cocina, hecha de tres pedazos de piedra cantera entre gris y negro de tanto hollín, se entrelazaban unas ramas secas, casi como abrazándose unas con otras para protegerse de algo, quizá del frío porque allí en esa cocina no ardía ni una chispa. ¿Y para qué íbamos a encender el fuego? Para qué si no teníamos nada más que agua y sal. Por eso fue que mis hermanitos menores y yo inventamos un juego con tal de olvidarnos del hambre. Yo, la mayor, la más alta y más gorda era Godzila, mi hermanito menor encajaba bien en el rostro y estructura ósea de Godzuki y entre los dos luchábamos por acabar con los planes de nuestra terrible enemiga, nuestra siniestra hermana bebé: Dragobaby.
Pasamos más de media tarde jugando hasta que apareció papá, se le veía una expresión feliz en el rostro. En la mano izquierda traía un par de bolsas con lo que imaginamos carne de pollo y aceite vegetal. Mientras él abría la puerta, nosotros —bañados de sudor y mugre líquida— interrumpimos bruscamente nuestro juego, nos quedamos boquiabiertos, fascinados con lo que imaginamos la cena. Ni siquiera saludamos a papá, ni siquiera nos alegramos de que hubiera podido regresar sano y salvo, simplemente chillamos con todos nuestros pulmones y empezamos a arreciar las cosquillas, los brincos y los soplidos ultrasónicos contra la pancita de Dragobaby, simulábamos un ataque entre ultrasónico y pedorrífico o algo así. El entusiasmo nos aceleró el corazón y disparó enfermizamente en nuestra imaginación teleformada el desafío de una batalla espectacular, una nunca antes vista, una nunca antes vivida. «Grrrrrrr, Grwwwwwrrrrrrr, Prrrrrrrrrrrrrr, Ptssssh, Flasssh, Flassh… ¡Bummm! ¡Bummm!»
Mientras tanto, papá encendió el fuego auxiliándose de un plástico derretido. Al instante las ramas empezaron a arder e inmediatamente papá dejó caer sobre la sartén una docena de cabezas de gallina. El aceite sobrecalentado explotaba con furia, olía y freía las crestas y los cuellos blancuzcos de las aves. El olor era tan poderoso que nos arremolinamos cerca de la cocina. «Aléjense, se pueden quemar» advirtió papá, pero nosotros horrorizados no nos movíamos, ni siquiera hacía falta mirarnos unos a otros con complicidad, simplemente aquella escena nos acababa de matar el hambre.
Ese día jugamos mucho, creo que fue uno de los días más salvajes y divertidos de nuestras infancias, es verdad que no comimos nada, pero esa noche en sueños vimos aparecer una extensa lluvia de piernitas de pollo fritas cayendo sobre nuestras cabezas.

1 comentario:

mario perez dijo...

me gusto, viejos recuerdos han aflorado a mi mente, ya atorada con tantas cosa innecesarias y que me pide un reset.
me agrada ver que tu escritura ha mejorado mucho. lastima que pocas personas puedan leer tus escritos