jueves, 15 de noviembre de 2012

Lectura en el GAM



Ayer fue el cierre del taller de escritura autobiográfica que dirigió Juan Pablo Sutherland entre agosto y octubre de este año 2012 en las instalaciones de la Biblioteca Lea+ que pertenece al GAM (Centro Cultural Gabriela Mistral). 

Esta ha sido una de las actividades más enriquecedoras que he vivido en Santiago porque tuve la suerte de compartir la experiencia con autores y autoras diversos, híbridos, complejos, talentosos e interesantes. Es verdad que el enfoque era técnico, pero de pronto nos desnudamos un poco y sacamos detalles, anécdotas, estados emocionales y esperanzas que marcan o han impactado en la geografía de nuestras vidas. Descubrí,  gracias a los ejercicios de Sutherland, el papel tan potente que ocupa la poesía, y las técnicas de la lectura y la escritura de ficción a la hora que configuramos nuestros “Yo” o que trabajamos/jugamos con nuestras propias escrituras de la memoria y la autobiografía.

Felizmente, nos quieren tanto nuestros cómplices y amigos que a pesar de un divertido enredo con las fechas de la lectura, igualmente vinieron desde lejos a acompañarnos, sin duda dejaron cosas importante que tenían por hacer con tal de estar allí apoyándonos.


Juan Pablo Sutherland abrió el acto presentando el curso, luego la directora de la biblioteca  nos contó cómo nosotros habíamos sido lo más parecido a conejillos de india porque nunca se había aprovechado el espacio de la biblioteca para impartir un taller, y menos de ese tipo.

Juan Eduardo y Felipe Herrera presentaron sus ejercicios. El primero experimentó una carta-cuento con un ambiente quizá apenas comparable al de Leaving las Vegas (1995) de Mike Figgis, y el segundo nos hizo recobrar a todos los muertos de nuestra felicidad.

  
 

Juan Pablo Pozo, nos hizo delirar con sus personajes femeninos manejados con una voz poética alucinante, mientras que Angélica Pizarro nos tocaba los nervios de la memoria infantil como quien tortura amorosamente su pasado en la escuela. Y cuando pronunciaba “M-a-m-a, mamá”, nos había calado hondo.


Ingrid Toro nos demostró que ella ante todo es poeta pero que no tiene ningún complejo a la hora de soltar la pluma escribiendo narrativa. Una escritura que por cierto desborda choquecitos eléctricos, asombro, inteligencia, humor y erotismo.  Liliana Díaz recuperó en su memoria y en la del público asistente esos años que es imposible olvidar y fabricó sí un juego de distancias entre memoria y ficción.

Olivia, la preciosa chica de ojos felinos, nos enfrentó al sentimiento de culpa y la muerte vistos desde la estatura de un niño. Y yo, hice lo mío pues conté uno de los días de memoria más raros que aparece guardado en el chip de mi memoria y de mis sueños recurrentes.

 Gracias amigas y amigos del taller, gracias Juan Pablo Sutherland porque sos lo máximo. Ojalá y nos sigamos encontrando por allí para seguir aprendiendo de ustedes.