jueves, 22 de septiembre de 2011

Un carro de marca

La primera vez que vi a una persona vieja, pero vieja de verdad fue cuando me llevaron a despedirme de mi bisabuela Eleonora. Tendría ella unos 110 años, y yo unos seis. La bisabuela se moría y quería verme a mí, su única bisnieta. Cuando entré vi a la abuela como lo que era, un cadáver viviente, su piel colgaba sin ninguna gracia sobre unos huesos que casi se podían distinguir entre los cueritos traslúcidos de su piel. La cuenca de los ojos eran dos aureolas oscuras con un botón negro del que irradiaba una luz casi apagada. Sus venas azules me impresionaron mucho porque parecían telarañas de desgracia, la piel de las manos lucía cubierta de manchas como de hongos en un árbol viejo. Después me pusieron el mejor vestido, y fui la encargada de cerrarle los ojos y ponerle la cruz de madera en el pecho. La abuela había dado todas las indicaciones que tenían que ver con sus honras fúnebres, y yo estaba entre sus planes. Maquillada, con un peinado español muy elegante que cerraba en una moña sujeta con peinetas plateadas, parecía una extensión nacarada de su pelo rubio plata. Las cejas estaban depiladas y suavemente marcadas con lápiz color humo, había un rubor más bien pálido en sus mejillas, un rojo sobrio en sus labios delgados, y mucho rímel en sus pestañas. La vi como lo que era, como alguien a quien yo no quisiera tener que enterrar y a alguien que también me daba miedo.

Ahora me siento muy cerca de ese recuerdo, veo en el verde musgo de mi propia mirada, la mirada de ella, y en mis venas con piel manchada y arrugada, la piel de ella. Cuánto nos parecemos abuela, cuánto.

Cuando me levanté esta mañana lo primero que dije fue: «¡Mierda!» porque no tenía nada más armónico qué decir. Quizá fue una equivocación, quizá fue un pecado inevitable, pero es que se me están socavando los nervios. Hace ya casi seis meses que me quitaron el empleo, no lo perdí, me lo quitaron porque una mujer como yo no puede ser la recepcionista de una clínica de cirugía estética durante toda su vida. Me quitaron el trabajo porque la amante de mi jefe necesitaba estar cerca de él. Yo lo sospeché, aunque estoy vieja tengo todos mis sentidos en forma, cuando me llamó mi jefe temblaba. Claro, yo sabía, aunque es un explotador tiene su corazoncito, y por eso estaba nervioso, no era fácil decirle a la empleada más antigua del centro de belleza Le Sanson, que van a prescindir de sus servicios, sabiendo que es la más puntual, la que nunca falta aunque esté enferma, la primera en llegar y la última en salir, la que siempre está dispuesta aunque el día sea feriado. Al principio no estaba segura si rogarle que me diera otro trabajo aunque fuera humilde, limpiando donde nadie me viera, o aceptar apaciblemente el despido. Pero se me salió lo poco que heredé de la bisabuela Eleonora: «No se preocupe señor Roberto, le dije, si yo sé para qué me cita. El asunto es que yo ya estoy cansada y quiero jubilarme. Quiero usar mis ahorros para disfrutar de la vida y hacer lo que siempre he querido, comprarme un carro de lujo y recorrer el país.»

El señor Roberto me vio entre sorprendido y aliviado. «¿Y le va a alcanzar con su liquidación, señora Carmen?»

La verdad es que yo pensé que sí, pero no me ha servido ni para pagar a tiempo los gastos comunes. De todas formas me iba a despedir, eso estaba claro. era mejor que yo me fuera. Con lo que me dieron pude apenas iniciar un negocio comprando carteras usadas para revenderlas. No era fácil conseguir clientas, sobre todo porque mis amistades no solían comprar ese tipo de accesorios de baja categoría.

Tengo frío, el invierno y la artritis se me están comiendo los huesos y yo no tengo ni un centavo para pagar el gas. Anoche soñé que toda mi desgracia era un sueño, me pellizqué varias veces, pero como no dio resultado di un cabezazo contra la pared, y hoy amanecí así, por eso dije lo que dije y así inauguré mi día, con un hematoma en la frente y un color azulado en el ojo izquierdo.

Antenoche fui al cumpleaños de Sonia, limpié lo mejor que pude la única cartera decente que me quedaba para vender, la envolví y se la llevé de regalo. Todavía no entiendo por qué lo hice, si ella me ve así como estoy y ni me pregunta nada. Ha visto que estoy sola, que tengo casi setenta años, que ahora sin trabajo no tengo mucho futuro. «¡Gracias mamita, eres muy linda!», eso fue todo lo que me dijo. Yo la abracé, y al sentir su perfume, y el olor a nuevo que emanaba de toda ella, como que me sentí consolada.

―¿Abuelita, por qué no hay luz en tu casa? Me preguntó Andrea.

―Es que con la edad hasta la luz me molesta, le respondí.

Después me regresé a mi casa con la ligera esperanza de que al menos me atropellara un carro de buena marca.

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