miércoles, 22 de abril de 2009

ARTE RUPESTRE EN JINOTEPE



Para aprovechar las vacaciones de semana santa y de paso hacer mi tarea para el Dr. Kuenne, decidí hacer una excursión a uno de los lugares con presencia de arte rupestre de los que tanto se habla en mi familia. Visité la finca El Jícaro, antes una hermosa hacienda cafetalera, ahora convertida en una no menos hermosa finca dedicada al cuido de caballos pura sangre.

Mi guía para la primera parte de la jornada fue César Octavio Delgado, mi cuñado. Él conoció hace más de 15 años una excelente muestra de arte rupestre en El Jícaro. Según César, en la quebrada que atraviesa la finca de unas 23 manzanas de terreno constituido en un 60% por bosque hay arte rupestre pero ahora ya no recuerda los detalles, sabe que había figuras antropomorfas y serpientes pero está seguro que esas que me va a mostrar aparecen en el libro Estas piedras hablan de Hildebrando María, es decir que ya están registradas.



Salimos a las 6:30 de la mañana, tomamos el camino detrás del Hospital Regional Santiago buscando la dirección que va para la comunidad El Zapotal, después atravesamos la zona de “La Perderá” y cruzando un camino serpenteante llegamos al “pozo” (de ENACAL) y desviamos el camino a El Zapotal y comenzamos a bajar y subir unos caminos de tierra, polvo y minas de piedra cantera, enrumbados hacia el camino que va hacia El Bosque y la comunidad Román Esteban. Cuando llegamos allí, es decir la zona noroeste de Jinotepe comenzamos a caminar hacia el sur, como si quisiéramos salir por el lado del cementerio de Jinotepe. Después de caminar unos 800 metros del gancho del camino hacia EL Bosque y Román Esteban hacia el sur dimos con la Finca.

El la finca había una señora muy anciana y sorda, y nada podíamos hacer para comunicarnos con ella. Yo padezco de un miedo pavoroso a los perros, y me alegré mucho al ver que los perros que cuidaban la finca eran mansos y muy pequeños. Seguramente están acostumbrados a que la gente transite por la finca. Al fin salió a nuestro encuentro don Filimón Chávez, el cuidador. Don Filimón es un hombre de más de 45 años, pero seguramente se ve envejecido por el trabajo rudo y la intemperie del trabajo en el campo, el caso es que el señor es una persona muy amistosa y humilde y así con una sonrisa en los labios nos explicó que el dueño de la finca es el noruego Petter Gaar (así entendí no sé si se escribe de ese modo) y que a éste no le gusta que la gente ande husmeando del “lado abajo” y nos señala la dirección en la que está el arte rupestre, que él nos da permiso pero que si vamos a tomar fotos que sea rapidito porque el dueño puede llegar en cualquier momento. Sucede que a los caballos de Gaar le han picado los murciélagos y están en proceso de curarles las heridas. Cerca del lugar en donde platicamos con Filimón se puede ver una tropilla de caballos de raza muy esbeltos, muy atractivos, fuertes y altivos. Hasta alucino y siento que nos ven con desdén desde su altura de caballos árabes.

Confiados en que César conoce el lugar, lo seguimos y comenzamos a bajar la quebrada atravesando una pendiente muy inclinada, me da mucho miedo porque no tengo espíritu de arqueóloga todo terreno, al contrario me fascina la comodidad de la oficina con aire acondicionado y acceso a Internet, pero no había vuelta atrás, bajamos casi gateando con la piel de gallina del miedo de tropezar con alguna serpiente venenosa o algo semejante… mínimo nos pican los alacranes, pensé. Total llegamos al fondo de la quebrada. Deseaba encontrar otro camino para no tener que subir por donde habíamos bajado.


El panorama era desolador, seguramente en tiempos antiguos aquel cauce había sido llenado por un caudaloso río, y ahora estaba siendo sustituido por desechos plásticos, basura de ciudad, latas y arena. Las piedras que conoció César ya no estaban en su lugar toda la topografía había cambiado por completo. Caminamos hacia el norte y no encontramos nada en un tramo de 500-600 metros, caminamos hacia el sur y no pudimos avanzar más que unos 10 metros, era imposible pasar por esa quebrada, había unas enormes piedras que daban hacia un guindo de considerable altura y no se divisaba nada interesante. Un paisaje árido compuesto de piedras absolutamente erosionadas, eso es lo que encontramos.

Allí no había nada qué hacer, más que regresarnos por el mismo inhóspito camino por el que habíamos llegado. No se divisaba por ningún lado otra salida, además prácticamente estábamos siendo devorados por los zancudos. Las nubes de chayules de El Tule me venían a la mente como un dulce recuerdo si las comparaba con la aflicción de que estos insectos nos enfermaran con malaria o dengue. Jamás se me ocurrió cargar con un tubo de repelente.



A pesar de todo pudimos subir y regresamos donde don Filimón, le explicamos que no hayamos nada y que estábamos tan agotados que dábamos nuestra excursión por fracasada. Él sintió compasión y nos dijo que si queríamos, nos guiaría al lugar que él conocía. Casi de arrastras lo seguí, no estaba segura ya de nada, los músculos de las piernas me temblaban y sentía un hormigueo caliente que se paseaba por mis extremidades. Fui. Lo seguí porque tenía que seguirlo.

Aunque don Filimón aseguró que el camino por el que él nos iba a llevar era mucho más fácil de transitar, no era tan verdad. Yo sentí que aquella bajada era peor y para colmo estaba recubierta por una hojarasca verde que hacía de pasta jabonosa. Y si antes, en la primera bajada no me había partido la cerviz, ahora estaba bien segura que aquello era altamente arriesgado.



Decidí no bajar, Leonel, mi esposo y César, mi gentil cuñado se fueron con don Filimón para sacar unas fotos y ver si me servían para mi tarea. Total los tres desaparecieron, se los tragó la quebrada y yo me sentía culpable por no haberlos seguido, y esperé a que me gritaran que no había nada, o que lo que había no me servía, pero al contrario lo que escuché fue un grito victorioso: «—¡María, vale la pena, bajá!» y me dejé llevar por la emoción y bajo el amparo protector de mi ahijada de 11 años comenzamos a bajar a gatas, como arañas, como en tobogán, con un cayado improvisado… hasta que llegamos al fondo. Mi corazón era un animal caliente que luchaba por salírseme del pecho.

La piedra con los grabados estaba al extremo derecho, si se está posicionado frente al lado norte de la quebrada, sus dimensiones son de unos tres metros de alto por unos 4 metros de largo, es decir que los dibujos ocupan un espacio rectangular. La pared es cóncava y bastante hundida, desde arriba la piedra se extiende como un paraguas que protege un comal sobre el que yacen los petrograbados. La luz es muy mala y no pude obtener buenas fotografías pero dibujé algunos detalles. La parte mejor conservada está compuesta por cuatro cabezas de serpiente que están dispuestas como en cruz, una cruz con base de espada y cabeza humana, caras de monos muy estilizadas y una figura entre cabeza de carnero y murciélago en vuelo, era difícil llegar a una conclusión. Luego había muchas otras figuras antropomorfas y otras que no sabría explicar de qué tipo de icono se trataba. Observé que en la parte baja de la piedra había huellas de excavación, una parte de las figuras está dañada por estas marcas, y hay además unos agujeros, como de una cuarta de diámetro (la palma de la mano), por el que entraban y salían bandadas de murciélagos. Dice don Filimón que el tiene 8 años de trabajar allí y que la primera vez que supo de los petroglifos le dijeron que esa era la casa de los duendes y que él no lo creía hasta que los tuvo frente a frente: son rubios y visten ropa salmón. Que unos hombres han excavado el lugar buscando un supuesto tesoro que está enterrado debajo de las figuras, que dejaron de excavar por miedo a que les cayera el paredón encima.

César nos ha explicado que las figuras que vimos no son las que él conoció y que ahora está seguro de que aquellas deben estar enterradas debajo de una enorme roca que impide pasar de la zona de donde antes excursionamos hasta este otro lado. Dimos por terminada la faena, estábamos suficientemente cansados para hacer algo más. Recogimos orquídeas y dimos las gracias a don Filimón.



De camino a casa hablamos de la presencia de arte rupestre en nuestra vida cotidiana pero en nuestras tierras a nadie se le ocurre siquiera aprovecharlas como recurso ecoturístico. En toda la zona de Carazo hay numerosas muestras de arte rupestre amenazada con la destrucción, la desaparición o el anonimato. Para muchos estas piedras decoradas no son nada, solo están allí porque sí, porque allí han estado siempre, no se dan cuenta que estas rocas grabadas son una marca de identidad, de cultura, de historia y que hay un gran trabajo científico por hacer para registrarlas, protegerlas, estudiarlas o conservarlas.

2 comentarios:

Grettel Reyes dijo...

Es interesante realizar estos viajes que te dejan buenas y malas experiencias en la vida y son buenos para salir de la rutina diaria que pasamos todos los días y también es difícil y deprimente sejar pasar las cosas que nos ofrece este maravilloso país como es el arte rupestre que debería conservarse como un recurso valioso y explotarlo como grabados turísticos.

María del Carmen Pérez Cuadra dijo...

Grettel, muchas gracias por tu comentario. Saludos!