martes, 30 de junio de 2009

LA SOSPECHA

Los pasos en el piso de arriba parecían los de un animal cansado, gordo y ancho. Yo le había contado a Bernardo que algo estaba cambiando.
Anoche me desperté súbitamente cuando escuché que alguien caía como un costal de papas sobre las gradas. Luego, un grito largo, estridente... ¡terrorífico! Por último, una voz de hombre que decía: «—May I help you?» Después hubo un largo silencio que se estiró hasta que los pájaros negros del invierno otra vez cantaron.
El tumor que nació en mi axila es cada vez más grande. Siento que crece durante la noche, por eso mis insomnios, la dificultad al respirar, y las pesadillas con estampidas de búfalos salvajes en medio de las avenidas de esta ciudad del acero.
Esta mañana, como ha ocurrido siempre, seguí las huellas de destrozos que ocasionó mi hermano, reparé lo reparable y limpié lo que era posible limpiar. Él me ha dicho que juguemos un juego absurdo en el cual sólo somos hermanos imaginarios... me quita la cordura porque hace lo posible para que yo entre en su juego estúpido. Hasta sospecho que con él llegó también esta enfermedad que aprieta mis pulmones, me rasca en el pecho y la garganta, y se instala en mi axila izquierda como un latido caliente.
Hoy por la tarde vi a un hombre entrando al edificio con una pala. Una mujer muy nerviosa lo seguía. Lo extraño es que si ya no está nevando ¿Para qué necesitan la pala?
Le escribo una nota a mi hermano, es bueno que tengamos distancia, al menos es lo que decía mi abuela muerta en el sueño del sábado.
Mientras me duchaba escuché algunos ruidos extraños que venían del piso que está justamente sobre el mío. No tengo idea de quién vive allí; supongo que es un hombre porque de vez en cuando se sabe que alguien está haciendo el amor con él, las tablas del piso traquetean. Hasta puede uno imaginarse que él le aprieta el cuello lo suficiente como para que ella le dé más placer con el éxtasis de la asfixia. Él le da un golpe en la mandíbula y ella lo mastica con su potente vagina dentada.
Pero creo que esta vez los ruidos no son resultado de placer. Alguien llora despacio.
Bajo el volumen del agua que sale del grifo. Los imagino cortando el cuerpo en pedazos sobre la bañera. ¿Mi bañera estará debajo de la de ellos?
Salgo del baño. Ahora se deben estar abrazando, están teniendo sexo o se están estrangulando mutuamente. ¿Pero, de quién será el cadáver? ¿Los otros vecinos habrán escuchado algo? ¿Por qué nadie llamó a la policía?
Hace días que siento un olor penetrante, fino, un olor a cosa podrida. Saqué la basura pero no era eso. Puse desinfectante y el mal olor se mantiene. A veces siento que soy yo quien origina ese olor tan apestoso.
Viene un policía a preguntarme cosas extrañas sobre una vecina embarazada que está desaparecida. Le digo que en esta ciudad nadie conoce a nadie y que no sé de qué se trata todo eso. No, nunca he escuchado nada raro. «Sólo el olor…»—se me escapó, nunca debí haber dicho tal cosa.
En el techo hueco de mi apartamento encontraron un dedo humano, un brazo cortado desde la costilla, como un pollo partido transversalmente. Mi hacha, único recuerdo de mi padre, fue decomisada.
Ahora vienen a decirme que yo soy responsable del asesinato. Que todas las pruebas me señalan: el hacha, los restos en el techo de mi cuarto, y una llamada anónima que hicieron a la policía desde mi propio teléfono. Aseguran que se trata de mi voz.
Mi convicción es que no pude haber sido yo, me hubiera dado cuenta. Por eso espero un juicio justo.
Bernardo no me ha venido a ver, así que no tengo a nadie a quien contarle que el tumor de mi axila está mejor desde que se reventó como un divieso y vomitó pus, que ahora, gracias a Dios, estoy durmiendo más plácidamente.

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