Mientras
ella le preparaba un Barros Luco callejero, él la miró como diciéndole: «Comería
de este aire sucio, bebería hasta la última gota del Mapocho, masticaría los
edificios rotos por el terremoto, lamería cada teja de tu casa o me dejaría
inyectar tarjetas de crédito hasta en los huesos… Mira, besaría las sombras de
tus pasos sobre el pavimento candente de Gran Avenida, si tan solo me dijeras
tu nombre» Pero él no se atrevió a nada. No dijo nada porque guardaba lo justo
en su bolsillo. Ni siquiera una propina. «Gracias» dijo, y se fue.
Día de memoria Cuando yo era una niña pequeña que apenas veía como problema grave el hecho de no poder escribir bien mi largo nombre, me tocó vivir la experiencia de la guerra, y no es que yo estuve o estuviera en ese instante en un lugar de enfrentamiento, quizá llegué a estarlo en algún momento, como muchos otros nicaragüenses; pero ese momento que ahora traigo a la memoria... es uno en el que vi que unos hombres llegan a la casa y piden las medidas de la ropa de mi padre. Veo que sacan una cinta métrica y toman presurosamente sus medidas. Anotan en una libreta y se van. También recuerdo, como si se tratara de una masa deforme y confusa, que no había azúcar blanca, en su lugar lo que podíamos obtener era azúcar moreno. En ese momento se veía a este producto al cual me refiero como algo bastante plebeyo, y ahora con el tiempo hasta lo he comprado muy caro porque el azúcar de color oscuro, poroso y húmedo, pegajoso y de granos gruesos es más saludable que el azúcar refina...
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